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martes, noviembre 17, 2009

Clelia



La conocí hace 20 años un mes de julio del 89 cuando regresé a estudiar en un colegio estatal a esta ciudad. Era mi profesora de geografía y era la mujer más elegante del grupo de profesores que me tocó en ese año.

Profesora de Geografía, llegaba a cada clase ataviada con pulcritud, con esa sonrisa feliz que la mostraba como una mujer buena, segura y con una gran sobriedad cuando había que discutir sobre alguna idea. Todos sabíamos que era hermosa, que bastaba ver el universo de sus ojos para adentrarse en sus clases hablando de los eclipses, de los ríos istmados en una cordillera y de las galaxias más remotas.

Además de profesora era la tutora del salón, la que corregía cotidianamente los desmanes cometidos por alumnos y docentes, acompañando siempre cada clase con consejos que algunos pronto olvidarían.

Una tarde llegó al salón de clases con el alma compungida, con esa mirada de preocupación de quien va a dictar una sentencia. Se trataba de la entrega de exámenes de un curso cuyo profesor disfrutaba haciendo difícil las cosas para desaprobar a la mayor cantidad de alumnos. Pocas veces en ese curso habían más de 5 aprobados. Ella tenía la difícil misión de reprender a los alumnos jalados por ser la asesora del aula. Yo estaba en la lista de reprobados.

La maestra estaba provista de una gruesa vara de madera y cada alumno reprobado se hacía acreedor a tres varazos de dimensiones insondables, así lo evidenciaban los gestos de los rostros de mis compañeros. Clelia, nuestra profesora, tenía fama de estricta, de un carácter fuerte y de una gran fortaleza espiritual.

Cuando me llamó, sabía, sin ser adivino, que mi examen era un fiasco, que las pocas ecuaciones que había resuelto, aún estando todas bien hechas, no me daban un puntaje aprobatorio, sabía que se acercaba la hora de la humillación compartida ante el colectivo de un salón que se encontraba con las posaderas adoloridas.

Me acerqué seguro de que tendría que ser el objeto de esa burla cínica que suele aplicarse entre los compañeros de un salón en donde todos tienen 15 años.

Me entregó el examen, me miró a los ojos y me dijo muy seria: Vaya usted a su lugar. Nunca supe porque fue compasiva conmigo, nunca supe que extraño designio me sacó aquella vez de ese destino seguro.

El tiempo pasó, la secundaria terminó y los alumnos emigramos como aves buscando una vida mejor. Hace unos meses la encontré en la calle, hablamos brevemente y me vi tentado de preguntarle por qué aquella vez me eximió del castigo. Ahora sé que nunca ya podré averiguarlo porque un amigo acaba de decirme que murió el viernes de un derrame inesperado y que el domingo fue su sepelio.

Ahora también sé que la vida tiene eclipses que nos sólo oscurecen a la tierra o a la luna, como en sus clases de geografía, sino que también ensombrecen el alma, el corazón, nuestra propia vida…

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