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lunes, agosto 14, 2006

Ribeyro: La imagen viva del cuento peruano



Mientras el invierno de agosto torna gris el cielo limeño y el frío y la neblina humedecen la costa peruana, en un rincón de la capital, nace Julio Ramón Ribeyro una tarde de 1929 ante la alegría familiar, que no imagina que se convertirá en uno de los escritores peruanos más grandes de nuestro siglo.
Venido de una típica familia de clase media, no pasa mayores apuros económicos y afectivos durante su niñez.
"Tenía una relación muy armoniosa con mis padres y hermanos, tuve una infancia feliz. Entre hermanos éramos muy unidos. Sobre todo me llevaba bien con el mayor con quien asistía al mismo colegio, teníamos los mismos amigos, compartíamos juegos, viajes, aventuras, etc. No me quejo, fue un ambiente despreocupado y sin apuros".
Pronto el joven Ribeyro da muestras de su apego a las Letras, y ya para entonces afloran en su mente los primeros cuentos y relatos propios de su edad, ante el estupor de su familia que no ve con buenos ojos que se dedique a la literatura, quienes consideran que el oficio de escritor es denigrante y deshonroso. Para ellos la carrera de Derecho da mayor estatus y la seguridad de un futuro promisorio.
Sin embargo, estas contradicciones no son impedimento para que Julio Ramón Ribeyro pronto se vea involucrado en un círculo de escritores, que suelen publicar sus obras y obsequiarlas generalmente a sus amigos y familiares, además de presentarlas en bohemios lugares de la ciudad. Fue allí donde Ribeyro comenzó en realidad su carrera literaria, frecuentando estos lugares donde sus cuentos y relatos eran escuchados con suma atención por los concurrentes que, en su mayoría, eran poetas, novelistas, cuentistas, etc.
El especial carácter de Julio Ramón Ribeyro tal como los personajes de sus escritos, lo aleja del protagonismo; acostumbrado a una existencia algo marginal que en cierto modo privilegia. Es por eso que toma la decisión de separarse de los círculos literarios limeños y sacudirse de lo que más detesta: La popularidad, la fama.
"Me molesta la fama en parte porque no me permite pasar desapercibido, me saca del anonimato en el cual me gusta vivir".
Enrumba entonces a Europa trasladándose de un país a otro sin establecerse en un sólo sitio, pasando las desventuras y miserias que significa estar alejado de su patria, sin conocer a nadie aislado por el idioma en un itinerario que incluye Francia, Alemania, Bélgica y España.
Finalmente se afinca en París, Francia. Es el inicio de la década de los sesenta cuando entra a trabajar como periodista en la Agencia France-Press, donde permanece hasta 1971, año en que es nombrado Consejero Cultural del Perú ante la Unesco.
Su vida transcurre entre París y Lima, específicamente en el distrito de Barranco, donde, cada vez que visita el Perú, suele recorrer sus antiguas casonas y tradicionales callejuelas junto a sus mejores amigos, envuelto en largas tertulias, para luego enfrentarse a la máquina de escribir.
En 1974 se le detecta cáncer, enfermedad ocasionada claramente por su adicción al cigarro, amigo inseparable en largas jornadas de creatividad e ingenio que concluyen en cuentos y relatos que trasuntan lo inimaginable. Sobreviviente de recaídas y cirugías mayores, los dos últimos años son sin embargo los más felices de su vida, que se apagó el 4 de diciembre de 1994, días después de obtener el premio Juan Rulfo, para muchos el más importante en habla castellana, distinción que reafirma la resonancia de su obra no sólo para los peruanos sino para todos los hablantes en lengua española.
El presidente de México por esa época, Carlos Salinas de Gortari, en vano lo esperó para el develamiento de la efigie con el busto del reciente ganador del premio. Su salud se hallaba demasiada quebrantada como para realizar el largo viaje a tierras aztecas. En su lugar, estuvieron presentes en el acto su esposa Alida Cordero y su hijo Julio.

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