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jueves, marzo 31, 2011

No juguemos a la ronda



Las rondas campesinas se han convertido hoy en día en una agrupación que cada día más se hace reconocida a nivel nacional y sus métodos poco convencionales empiezan a trascender las fronteras. A diario los medios de comunicación dan cuenta de los castigos que los ronderos aplican a los que ellos consideran han infringido la ley y han cometido un acto delictivo o han hecho un daño a la sociedad. Las imágenes dan cuenta de hechos vergonzosos que alimentan el morbo colectivo de la gente, en donde se aprecia la violencia que se ejerce sobre los acusados sin más juicio previo que la deducción  y la simple acusación.

Las rondas surgieron en Chota hace más de treinta años como una necesidad inmediata al abandono por parte del Estado en que se encontraban ciertas comunidades del norte peruano, nacieron como respuesta al abigeato y a la falta de fórmulas o agentes que hagan cumplir la ley. Su creación fue imitada después en el centro y sur del país y avalada por el gobierno, pero no se debe confundir ronda campesina con una agrupación de personas que viven en una urbe y quieren aplicar la ley a su manera.

Existen entidades encargadas de velar por el cumplimiento de la ley en nuestro país y nos guste o no, tenemos que acatar esa reglamentación porque somos ciudadanos peruanos que vivimos en un Estado de Derecho. Podemos estar en desacuerdo con las sanciones que aplica el Estado, pero es nuestro deber acatarlas y si existe un desacuerdo diametral hay canales por los que se debe hacer llegar la queja o la protesta.

Recientemente se ha visto en emisoras televisivas nacionales el ultraje que a diario reciben los derechos de los cajamarquinos y cajamarquinas. Las personas que ven esas imágenes desde otras ciudades, y más aún desde otros países, empiezan avernos como un pueblo de bárbaros en donde los derechos de las personas están sujetos  a una multitud accionada por sus pasiones que actúa instintivamente afectada por la conducta de las masas y que ya no razona.

La corrupción, el latrocinio, las violaciones y todos los delitos deben ser sancionados, es verdad, pero no se puede sancionar violando los derechos, aún se trate de delincuentes convictos y confesos. El rostro que Cajamarca muestra al mundo diariamente con esas noticias empieza a distorsionarse, a deformarse y a convertirse en una mueca siniestra y horrible, y lo que es peor, esa publicidad gratuita que reciben los ronderos alimenta su ego y los hace buscar cada día nuevas víctimas de nuevos castigos, en donde ellos serán los protagonistas de escenas propias de la Santa Inquisición o de métodos represivos medievales o dictatoriales.

Toda causa tiene un efecto y viceversa, no vamos a negar que todo esto es el resultado de la indiferencia de esa cadena de mandos que siempre se quiebra en algún eslabón, esa que en vez de velar por la justicia la profana y la quiebra constantemente, pero seguir permitiendo este tipo de tropelías donde los Zandokanes de la justicia se lucen cada día zurrándose sobre las leyes y las autoridades, es permitir que ello se oficialice se haga una costumbre, se siembre en la idea de la gente y que después genere su exterminio genere un costo social mayor. Un cáncer se cura al inicio, después se vuelve terminal y se enquista hasta la muerte.

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