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miércoles, marzo 23, 2011

Desahogo



Es difícil atravesar tanto tiempo y no saber de ti, no saber nada de tus días. Ahora que el bullicio de la gente que transita apurada por el invierno llega como una suave ola desde fuera, me acuerdo de tus días, de esos en los que juntos pateábamos una pelota o de los helados que comíamos sentados al filo de una mañana de sol.

Cada 24 de marzo es imposible dejar de ahogarse en la tristeza de mirar por una calle larga de recuerdos y no sentir un poco de remordimiento. Uno nunca sabe qué hubiera pasado si hubiera arriesgado un poco más.

Me he encontrado con los niños de aquellas tardes que eran tus compañeros de jardín, hoy todos están grandes, irreconocibles… Andrea ha crecido tanto que me ha sorprendió verla la otra tarde cuando cruzaba la calle y me a saludado, imposible dejar de recordar esos días – el portón de lata de tu escuela con el dibujo de Blanca Nieves y los siete enanos, la tarde del circo y las trapecistas y esos payasos que tanto odiabas –

He perdido noción de los días que han transcurrido, al principio los escribía en un cuaderno. Después me di cuenta que era abrir las heridas diariamente. Nada ha sido fácil, te confieso, todo esto ha sido una carga que me ha hecho caerme varias veces y si he sobrevivido a 8 años de tu ausencia ha sido gracias a algunas personas que me dieron la vida cuando la había perdido.

Pero la vida se recompone a cada instante, a veces el alma se queda como una pared que ha sido pintada muchas veces, una capa sobre otra, una más sobre viejas heridas y antiguos dolores. Ha servido de mucho la filosofía todo este tiempo, leer y escribir para no morir, llorar a veces en un diván y jugar ajedrez incansablemente.

El tiempo sigue su rumbo, esa ruta marcada que va siempre en declive, que va arrastrando días y sembrando recuerdos, que ahoga el llanto con sus horas frías. Esto es para ti, nadie más va entenderlo. Tú sabes que puedes buscarme con los ojos cerrados, yo siempre te encuentro del mismo modo, ahí nadie puede separarnos.

Mucha de la gente que conocimos ha tenido que partir a ese lugar indefinido del que alguna vez hablamos cuando visitamos a un cementerio y tú pensabas que las tumbas eran tortas enormes, tenías tres años y yo te llevaba en mis hombros. Muchos de ellos se fueron dejando en esta vida las huellas buenas o malas de sus actos, otros simplemente caminaron y no dejaron ninguna huella.

Lo importante es que después de tantos días, de tantos años, el alma se va recomponiendo y siempre llega un mañana, por lo menos hasta hoy así lo ha sido.
Un plazo siempre va a cumplirse, una promesa que un día a de darse, cuando hayas crecido y tengas en tus conceptos la palabra libertad, cuando puedas volar sin ataduras, cuando nadie pueda decirte a quien debas amar, cuando ya no puedan mentirte.

Hijo, ahora que la tarde se ensombrece y el ruido de la calle llega hasta aquí me acuerdo de esa primera vez que te vi, como hace doce años cuando llegaste al mundo con tus ojos sorprendidos por haber llegado al mundo y esa curiosidad colgada de mis pupilas, esa mirada tuya que cinceló para siempre un brillo nuevo en mi alma y mi mirada. Espero verte pronto. Si hemos soportado ocho años sin vernos, podemos esperar un poco más. No desistas, yo no lo hago, siempre hay un mañana aunque quizás un día ya no nos encuentré.

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