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martes, marzo 29, 2011

El hombre color violeta


El Loco Terry, patrimonio cajamarquino, es uno de los personajes más ilustres de la web, uno de los más comentados, de los más queridos. Es increíble la cantidad de comentarios que existen de él en el Facebook (The Crazy Terry). Cajamarquinos de todas partes del mundo escriben sobre él, todos tienen algo que comentar sobre este personaje singular.

Un artículo del loco Terry recibe por día más visitas que cualquier otro artículo de política, literatura, ciencia o actualidad lo que demuestra una vez más que es un hombre representativo, ilustre, famoso, célebre. Personaje entrañable al que todos recuerdan, incluso hace converger a generaciones diferentes, lo quiere igual un joven de 16 que una persona de 60.

Nadie sabe a ciencia cierta en que momento se alocó este personaje –o parafraseando a Vargas Llosa en su Conversación en la Catedral: En qué momento se jodí- lo cierto es que hace años que deambula por la ciudad con monólogos políticos que a todos llama la atención o vendiendo sus almanaques Bristol o rollos de papel higiénico con la cara pintada con violeta de genciana, las manos y los pies de igual modo; y hace unos meses con un bastón, para aliviar una cojera producía por un fortuito accidente.

Terry es un personaje que con el paso de los años se hizo entrañable, su locura lo convirtió en un ser distinto y desalineado con matices singulares. Hizo patente suya la frase: -Qué me miras c… t… m… -   Alguna vez, en sus tiempos de juventud, vivió una temporada en Lima, en un lugar muy peligroso en donde él dominaba y otras veces vendía añejos quesos cajamarquinos.

Su vieja casa del barrio San Sebastián hoy luce como él, la casa es vetusta y agoniza, porque las casas como los hombres también mueren de soledad. Y hace mucho que a Terry la soledad le dio de lleno y empezó a hacerle daño, soledad que se acentuó cuando a comienzos de los años noventa su madre y única compañía partió de este mundo dejándolo en una adversa orfandad.

Desde entonces Terry no fue el mismo, a veces salía a su puerta y extendía los pies descalzos mientras asoleaba a sus mocasines magros y sus viejas frazadas las que colgaba sobre las rejas de un parque al que llamábamos alameda. Ahora se lo ve escasamente frecuentar las calles y el ruido cotidiano que hay en ellas, se lo ve más ensimismado, como si estuviera aburrido de esta vida que no ha sido muy grata en los últimos años con él.

Alguna vez confesó que en su vida hubo grandes amores, aunque algunos nunca llegaron a enterarse. Terry es un mito, una leyenda viva, un hombre que aunque parece diferente tiene una sensatez brillante y una lucidez que cualquier de nuestros candidatos la envidiaría y más envidiarían su popularidad, ese, fantástico “don de gentes”.

El hombre de violeta, ese rostro desfigurado por la indiferencia y por la dejadez de que hemos sido todos partícipes, sus amigos de infancia hoy se pasean en modernas camionetas y habitan mansiones en donde comen grandes viandas. Otros, los que disfrutaron con sus bromas cada domingo en el estadio hablan de él con desdén porque lo creen loco, lo creen orate y no saben que ese hombre de rostro morado, descalzo y de bastón es uno de los iconos más memorables de los cajamarquinos y que su lucidez, aunque efímera, es asombrosa.

El tiempo seguirá su rumbo, no sabemos que pasará mañana, seguramente que recién cuando dejemos de verlo empezaremos a darnos cuenta que lo hemos perdido, empezaremos a extrañarlo, a echarlo de menos  y a buscarlo secretamente en nuestro recuerdo para esbozar una sonrisa o para dejar caer una lágrima.


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