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domingo, agosto 28, 2011

"El perro es el mejor amigo del hombre pero el humano no es el mejor amigo del perro"





Muchas son las veces que la única recompensa que ofrecemos a este amigo tan sincero, de todos el mejor, es el maltrato y el abuso.

Se llamaba Rabito, era un perro de linaje desconocido, color blanco y de ojos negros profundos, su nombre hacía alusión a una carencia, por algún azar del destino había nacido sin cola, lo que no era impedimento para demostrar su alegría cada vez que me veía llegar a casa.

Una tarde Rabito desapareció del jardín y hubo que buscarlo por todo el vecindario primero, después por las urbanizaciones vecinas, cada can que se cruzaba en el camino parecía que sería él, todo fue inútil. Rabito no aparecía. Fue al día siguiente cuando una voz nos alertó de que habían unos cazadores de perros en el vecindario, se trataba de estudiantes universitarios que robaban mascotas para llevarlos a un campo de exterminio en donde hacían experimentos con ellos, eran conejillos de indias de sus experimentos operatorios, exámenes vivientes en los cuales fracasar no importaba por que el fin justificaba los medios.

Fue así que llegamos a la universidad, ya nos habían advertido de lo que encontraríamos en ese lugar, al fondo, como buscando esconder lo más bajo del ser humano se encontraban unas jaulas, prisiones llenas de mascotas hambrientas y aterradas, perros asustados y adoloridos, vendados, adormecidos por el dolor, el frío y el hambre.

Buscamos en todas las jaulas, cada una era una nueva sorpresa, había perros sin orejas, otros sin cola, uno tenía un tubo que le salía del cuello y otros agonizaban en medio del excremento y el abandono al que lo habían sometido sus captores. Otros acababan de llegar y se encontraban gimiendo enjaulados, asustados y desconfiados, esperando que sus verdugos los ausculten y experimenten con ellos.

Cuando encontramos a Rabito en una de esas prisiones malolientes era demasiado tarde, se encontraba agónico con varios cortes a la altura del cuello, había sido operado varias veces con resultados desastrosos, su pelaje blanco estaba manchado con sangre, sus ojos parecían de cristal y estaban más brillantes  que nunca, aun respiraba pero era imposible reanimarlo.

Todo el campo olía a muerte, la pestilencia de esas cárceles emanaba como un vaho de muerte y de maldad, por todas partes había esparadrapos, gasas y materiales desechados por los ocasionales verdugo que de ese modo aprendían para ser médicos veterinarios.

Todos los cautivos eran mascotas de alguien, alguien los buscaba con angustia, cuántos niños los aguardaban en casa esperando verlos regresar sin saber que habían sido capturados para llenarlos de cortes ya prender su anatomía, vulnerando todos sus derechos y de las personas que los aman y los esperaban llegar en casa.

Uno de los verdugos se acercó al ver que retiraba los despojos de Rabito para llevármelo, miró con frialdad y dijo – este es el primer lugar en donde hay que buscar cuando se pierde un perro, después puede ser tarde- Lo miré y no le dije nada. En silencio abrí las puertas de las celdas para que los cautivos se fuguen, algunos lo hicieron, otros ya no podían moverse. EL hombre de la bata no dijo nada, metió las manos en sus bolsillos y se marchó dándome la espalada.

El claxon de un carro anunciaba que un nuevo pedido de canes había llegado, algunos de los perros se alejaban rengueando, otro arrastraba sus patas traseras dejando una estela sanguinolenta sobre la vereda… la tarde había caído. Yo debía sepultar a Rabito antes de que llegue el alba. El canto de los grillos parecía una melodía descarnada, la luna desde el cielo empezaba a asomarse cada vez más blanca.

Balcon Interior

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