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jueves, julio 12, 2012

Cashamarca, lugar de espinas



Dicen que cuando un padre pone el nombre a un hijo le está señalando un destino, le está marcando un camino…

La historia de Cajamarca siempre tuvo de lado la tragedia, desde su nombre primigenio Cashamarca, “lugar de espinas”, poco se ha sabido de los primeros acontecimientos precolombinos más allá de una lengua cañaris hoy extinta.

Cajamarca estaba designada para ser el punto en donde la historia del mundo se partiera en dos y se firmara el inicio de la tragedia del nuevo continente, del continente americano.  Pizarro y sus huestes no solo asesinaron a miles de indígenas en la gran plaza de Cajamarca, sino que se inició el saqueo y se instaló la opresión por siglos. En Cajamarca empezó a morir el imperio.

Ya lo decía Pablo Neruda en su poema las agonías: “En Cajamarca empezó la agonía. El joven Atahualpa, estambre azul, árbol insigne, escuchó al viento traer rumor de acero. Era un confuso brillo y temblor desde la costa, un galope increíble -piafar y poderío- de hierro y hierro entre la hierba. Llegaron los adelantados. El Inca salió de la música rodeado por los señores. Las visitas de otro planeta, sudadas y barbudas, iban a hacer la reverencia. El capellán Valverde, corazón traidor, chacal podrido, adelanta un extraño objeto, un trozo de cesto, un fruto tal vez de aquel planeta de donde vienen los caballos. Atahualpa lo toma. No conoce de qué se trata: no brilla, no suena, y lo deja caer sonriendo. "Muerte, venganza, matad, que os absuelvo", grita el chacal de la cruz asesina. El trueno acude hacia los bandoleros. Nuestra sangre en su cuna es derramada. Los príncipes rodean como un coro al Inca, en la hora agonizante. Diez mil peruanos caen bajo cruces y espadas, la sangre moja las vestiduras de Atahualpa. Pizarro, el cerdo cruel de Extremadura hace amarrar los delicados brazos del Inca. La noche ha descendido sobre el Perú como una brasa negra”.

Y verdaderamente ahí empezó la agonía del imperio. Miles de indios se movilizaban para cumplir con la promesa de Atahualpa de llenar un cuarto de oro y dos de plata a cambio de su libertad,  en el rescate más famoso de la historia, y el oro llegaba de todas partes, del sur y del norte, del este y oeste, preciosos objetos que encandilaban la codicia española y que los deslumbraban.

El oro llegaba de todas partes mientras los barbudos invasores se establecían en Cajamarca, mientras se repartían los solares y  delineaban calles, mientras se reproducían en una nueva raza que iba a heredar todos sus vicios y sus taras, su ambición desmedida y todas sus mañas.

Siglos después cuando se consolidó la república nos dimos cuenta que los peruanos habíamos heredado más de las mañas y de las taras de los blancos que de la raza autóctona y digna de los incas; entonces los criollos surcaban las calles y las casonas coloniales choleando a todo el mundo, despreciando a todos por cualquier cosa.

Y surgieron los grandes apellidos, los de las altas torres y más altas todavía, apellidos concatenados con los de los abuelos y bisabuelos…. Cajamarca siempre fue una ciudad triste desde su nacimiento como tal y ni siquiera cuenta con acta de fundación porque nunca la fundaron – apenas con un acta de independencia, relativa-

Hoy que la ciudad está infestada de botas y que hay un olor fresco a sangre hermana, mientras un mendigo pide limosna en la puerta del cuarto de rescate parece que seguimos viviendo en la zona de espinas a la que nuestros ancestros bautizaron como Cashamarca, quizás ellos, zahorís tiernos del alba, sabían las tragedias que con el tiempo se vendrían a este valle de lágrimas.

Balcon Interior

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