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jueves, enero 26, 2012

Uchuraccay, una herida en la memoria


Cuando Abimael Guzmán Reinoso decidió iniciar una lucha demencial en busca de convertirse en “La Cuarta Espada” miles de peruanos no sabían que con ello había firmado sus sentencias de muerte y sus perpetuas desgracias. Los miles de muertos de ese desquiciado pensamiento se suman por todas partes y por todas las clases. Hubo campesinos, obreros, estudiantes, militares, políticos, policías, profesores, ingenieros… Todas las sangres reunidas en una lucha absurda que llenó el país de terror y odio. Pero entre todo este grupo de gente a quien la muerte le pasó la factura y murieron sin saber por qué se encuentra un grupo de periodistas que cubrían el estado de emergencia en Ayacucho y se aventuraron a una alejada comunidad que se hizo tristemente célebre porque allí fueron asesinados a pedradas. Uchuraccay es un nombre que siempre se va a recordar con amargura.

Jorge Ramón Sedano Falcón; Daniel Antonio Eduardo de la Piniella Palao; Oscar Willy Retto Torres; Pedro Sánchez Gavidia: Amador Ulpiano García Yanqui; Jorge Luís Mendívil; Félix Melecio Gavilán Huamán; Octavio Infante, conducidos por el guía Juan Argumedo García, perdieron la vida el 26 de enero de 1983.

El inicio de las acciones armadas de Sendero Luminoso surgió como un haz de luz en momentos en que reingresábamos a una democracia tantas veces fracturada en nuestra patria por la vileza de los militares. Militarmente el Perú no estaba preparado para afrontar una guerra con un enemigo fantasma, mimetizado en un campesino, en un ambulante, un profesor, un obrero o un estudiante. Por eso los militares torturaban y mataban a quienes podían, todos los peruanos tenían el rostro de ese enemigo que a la vez no tenía rostro conocido.

Hasta hoy no hay una verdad absoluta sobre el asesinato de los mártires de Uchuraccay, ni la Comisión Vargas Llosa ni ninguna investigación pudo ser concluyente en sus informes. Los militares vivían un estado de paranoia colectiva y habían ordenado a los comuneros el aniquilamiento de gente extraña en su zona, campesinos ignorantes sin culpa. Después de la masacre cuando llegaron los soldados los comuneros de Uchuraccay se sentían felices y orgullosos, decían que habían matado a terroristas y que les habían quitado sus armas, esas armas de las que hablaban eran las cámaras fotográficas de los hombres de prensa, sus únicas armas.

Durante los meses siguientes la comunidad quechuahablante de Uchuraccay continuó siendo escenario de violencia, muerte y desolación: ciento treinta y cinco comuneros fueron asesinados como consecuencia de los ataques del Partido Comunista del Perú - Sendero Luminoso, la represión de las fuerzas contrasubversivas y de  las rondas campesinas. A mediados de 1984, Uchuraccay dejó de existir debido a que las familias sobrevivientes huyeron, refugiándose en las comunidades y pueblos cercanos de la sierra y selva de Ayacucho, así como en las ciudades de Huanta, Huamanga y Lima. Recién en octubre de 1993, algunas familias se aventuraron a retornar a sus antiguos pagos.

Aunque la autoría intelectual recayó en la Infantería de Marina, acantonada en Huanta y específicamente en el general EP Clemente Noel Moral, la impunidad continúa hasta hoy.

Por todos estos sucesos, Uchuraccay es un referente emblemático de la violencia y el dolor en la memoria colectiva del país, así como de las demandas de justicia y verdad efectuadas durante todos estos años. Al olvido que durante veinte años recubrió la muerte de los comuneros, se suma el carácter controvertido de las investigaciones sobre la muerte de los periodistas.

Recordar estos hechos es bueno para no perder la capacidad de indignación que debemos tener los peruanos ante la violencia sembrada por la estupidez humana. Porque no debemos olvidar ni amnistiar a quienes nunca tuvieron respeto por los derechos de otros seres humanos, de sus mismos hermanos.

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