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miércoles, enero 04, 2012

De códigos y traductores


No hay palabra mal dicha sino palabra malinterpretada se suele decir con frecuencia, pero también existe la palabra malentendida y también la malintencionada, por eso es tan importante saber el significado de cada una de ellas o al menos una mínima noción de lo que significan. Muchas veces la ausencia de una tilde puede significar la descontextualización total y generar un encono debido a ello – No es lo mismo decir: Lamento lo sucedido por la pérdida de tu madre, que decir lamento lo sucedido por la perdida de tu madre- .

Los traductores, como casi todos y todo en esta vida tienen un santo de su devoción al que lo recuerdan y se encomiendan cuando van a iniciar su labor. De una buena traducción depende el éxito o el fracaso de muchas obras en el mundo, eso los escritores lo saben mejor que nadie; muchos libros que son Bet Sellers en un idioma fracasan al ser traducidos y también a la inversa, libros que no son magníficos en un idioma se levantan como la espuma con una buena traducción.

San Jerónimo de Estridón (Estridón, Dalmacia, c. 340 – Belén, 30 de septiembre de 420), es el santo de los traductores, tradujo la Biblia del griego y el hebreo al latín. La traducción al latín de la Biblia hecha por San Jerónimo, llamada la Vulgata (de vulgata editio, 'edición para el pueblo'), ha sido, hasta la promulgación de la Neovulgata, en 1979, el texto bíblico oficial de la Iglesia católica romana.

San Jerónimo fue un célebre estudioso del latín en una época en la que eso implicaba dominar el griego. Sabía algo de hebreo cuando comenzó su proyecto de traducción, pero se mudó a Belén para perfeccionar sus conocimientos del idioma. Comenzó la traducción en el año 382 corrigiendo la versión latina existente del Nuevo Testamento. Aproximadamente en el año 390 pasó al Antiguo Testamento en hebreo. Completó su obra en el año 405.

Que importante es que se tenga una buena traducción de lo que se dice y el papel de los traductores resulta fundamental en ello. En la historia antigua muchas guerras se desencadenaron por una mala traducción por eso los traductores eran muchas veces sacrificados. Las palabras pueden desencadenar pasiones o matanzas, liberar el alma o atarla en medio de la nada.

Cuando surgió el conflicto por el Proyecto Conga se habló mucho de diálogo y pese a que ambas partes hablan el mismo idioma ha sido imposible hasta hoy que se pongan de acuerdo, como si hablasen códigos diferentes. Si los seres humanos que hablan el mismo idioma no logran entenderse resulta mucho más complicado hacerlo con personas que manejan otros códigos.

Cuando los españoles llegaron a América una de las mayores dificultades iniciales que tuvieron que afrontar fue el lenguaje y hubo que empezar a trabajar con el idioma para lograr poder tener algunos traductores a quienes se les hacía llegar sus requerimientos y quienes debían traducir con muchas complicaciones los pormenores de las solicitudes de sus interlocutores, qué difícil debe haber sido expresar ideas tan ambiguas y complejas como las europeas en un mundo tan simple y natural como el que se vivía en el continente americano.

Hablar dos idiomas puede resultar una gran ventaja con respecto a los demás, pero de nada servirá si se desconoce a profundidad los códigos, la esencia misma del ser humano, esa que no necesita de palabras físicas para dejarse entender por los demás, a veces una mirada puede traducir la esencia misma del universo sin requerir una sola palabra para ello.

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