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jueves, enero 05, 2012

El Purgatorio


Frente al camino que va de Hualgayoc hacia Bambamarca, de cara a las ruinas de lo que alguna vez fue el Banco Minero del Perú existen las ruinas de un pueblo colonial llamado “El Purgatorio”, los orígenes de tan singular ciudad de barro se remontan a comienzos de 1771 cuando los españoles descubrieron la primera veta argentífera en Hualgayoc. El pueblo se encuentra en una hondonada a las faldas del cerro Hualgayoc fue una ciudad construida en la bocamina del socavón Nuestra Sra. del Carmen.

Las gélidas temperaturas de Hualgayoc y la constante neblina daban al lugar una vista dantesca. Al ingresar al socavón la temperatura se elevaba al grado tal de que los mineros sudaban copiosamente mientras extraían las rocas y se enfriaban abruptamente cuando las cargaban en “capachos” (1) hasta el exterior, eran comunes las enfermedades respiratorias en esas minas resguardadas por porteros y capataces quienes se encargaban de que la faena se cumpla con rigurosidad.

Los restos de esas casas están desperdigados en un área no muy amplia, gruesas paredes de tapial se yerguen a casi 250 años de su construcción. Aun, pese a la maleza y los arbustos se puede divisar las calles curvadas que hace siglos fueron transitadas por otros hombres, callejuelas deformes que eran los nexos entre todas las casas. Existe una vieja construcción que se impone entre todas ellas; se trata de la Iglesia, la que tiempo después y cuando el pueblo fue abandonado se convirtió en un cementerio lleno de tumbas ya casi olvidadas en su totalidad.

Al fondo de la hondonada fluye el río quejumbroso con sus piedras oblongas formadas así con el rodar constante del tiempo sobre ellas, de la arenisca y las aguas que fluyen con una fuerza magnífica hacia las partes bajas, hacia Colquirrumi, Llaucán y Bambamarca. 

El pueblo que alguna vez fue magnífico hoy yace abandonado, a veces las aves lo circunvuelan sin saber que alguna vez entre esas paredes derruidas habitaron hombres y mujeres que tuvieron una vida, que tuvieron sueños, que fueron tristes o felices, que se amaron y que fueron los constructores de una civilización que hoy ya no existe sobre esas piedras unidas por barro.

Las personas que lo contemplan distantes miran a ese pueblo abandonado con indiferencia, desconocen su historia. Los buses que van a ciudades cercanas y pasan por ahí llevan gente que no sabe que ese pueblo alguna vez tuvo domingos festivos, gente feliz, nacimientos y decesos, fiestas y que por sus calles se cantaban y se silbaban canciones.

Cuántas veces nosotros también encontramos  “Purgatorios” hombres y mujeres que han envejecido y que los tratamos con indiferencia, apenas si los miramos o les damos el espacio que merecen. Cuántas veces vemos a hombres silenciosos con historias magníficas que desconocemos y los miramos con desdén, ignorantes de sus vivencias.

Hasta que llegue el día en que nosotros también seamos las ruinas de una historia, cuando la solemne vejez haya llegado y al igual que hicimos nos traten un día, cuando nos llamen viejos y no quieran escucharnos ni caminar a nuestro lado por la lentitud de la fatiga de toda una vida.

(1)      El Capacho era un saco de cuero que se llenaba de mineral y se cargaba hasta el exterior de la mina donde era molido por otras personas.

Balcon Interior

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