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viernes, agosto 17, 2012

La lluvia güena




“Las primeras gotas levantaron polvo. Luego el pardo de la tierra tornóse oscuro y toda ella esparció un olor fragante. Se elevó un jubiloso coro de mugidos, relinchos y balidos. Retozaron las vacas y los potros. Y los campesinos dilataron las narices sorbiendo las potentes ráfagas de la áspera fragancia (*)

Cajamarca ha vuelto a cubrirse de nubes y de lluvia, no solo la provincia, sino las otras provincias de la región han empezado a sentir la presencia de las lluvias que retornan a Cajamarca como una melodía de esperanza.

La empresa que provee de agua a los cajamarquinos ha dicho hasta la saciedad que la ausencia de lluvias había comprometido seriamente el abastecimiento del agua en Cajamarca, que no había agua porque no había lluvias, hoy veremos si es cierta la excusa.

Cajamarca es una ciudad que creció mucho en veinte años y crecieron los usuarios del servicio de agua potable por miles, la ciudad quintuplicó el número de sus habitantes y se quintuplicaron los recibos y los cobros y la red se extendió captando diariamente miles de hogares; pero el problema es que nunca se ampliaron las matrices, no se tomaron las medidas para brindar un servicio a gran escala, hoy pagamos las consecuencias y los recibos de un servicio cada vez más deficiente, casi colapsado.

La lluvia ha vuelto a Cajamarca con el viento agitado de agosto, debe acentuarse en setiembre y prolongarse hasta abril o mayo, inundar dulcemente las quebradas y hacer rugir a los ríos como antes, como cuando aún se podía escuchar su acento cantarín bajando desde las alturas hasta las simas de esta tierra, hasta las hendiduras más tiernas como fecundando una vida llena de misterio.

La lluvia siempre es más esperada en el campo que en las ciudades, porque las ciudades deshumanizan a la gente y vemos a la lluvia como un fastidio, como una molestia que nos moja y que no nos deja cruzar las calles. En la ciudad pensamos que el agua de la lluvia es un problema, en el campo en cambio siempre es una bendición, aquella que fecunda todo y que apaga el hambre del campo y la ciudad, y que apaga la sed de todas partes.

Las primeras lluvias de este agosto han llenado de felicidad a los agricultores, igual que en el libro de Ciro Alegría la fragancia del contacto con la tierra ha hecho vibrar a quienes la esperaban ansiosos día a día sentados sobre la orilla de un camino.

Han pasado años desde que Cajamarca empezó a crecer y no hemos aprendió que la lluvia es el alma de la vida, el agua que todo lo cura. Cada día se vende más agua en diferentes formas, en botellas, en bidones, en baldes y en cilindros, quizás llegue el día en que se llegue a vender en grifos como hoy se vende el petróleo o la gasolina.

La gente ya ha empezado a matarse por el agua, ya hemos emprendido largas conferencias sobre ella y sobre su destino, cada vez los pozos interiores de las casas – esos que habitaban los duendes – son más escasos. Si seguimos así, quizás un día no lejano las únicas gotas que podremos beber sean nuestras lágrimas, entonces quizás comprenderemos que ya es demasiado tarde.

(*)Fragmento de la novela Los Perros hambrientos de Ciro Alegría, correspondiente al capítulo titulado “La lluvia güeña”.

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