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lunes, enero 31, 2011

Nuestra laya de hablar


Uno de los libros más trabajados que tienen que ver con la cultura cajamarquina de los últimos años es el de “Cajachismos”, nuestra laya de hablar, de Homero Bazán Zurita. A medida que se lee y relee el texto vamos descubriendo que hay mucho que desconocemos en cuanto a nuestro propio origen y sobre nuestra historia.

La palabra “laya” conceptuada como manera, clase, calidad o condición es quizás la que más nos identifica, es decir, nuestro modo de hablar, nuestra manera y forma de individualizar nuestra habla como cajamarquinos.

Ciro Alegría fue uno de los escritores que más aportes dio al incremento y uso de peruanismos a través de sus obras, él escribía como hablaba y hablaba lo que oía y había oído las palabras de sus padres  y familiares en todo el tiempo que vivió en La Libertad (Sartimbamba – Huamachuco) y en sus tiempos no menos fecundos en Cajamarca. Tuvo una influencia directa del habla común desde Cajamarca, Cajabamba, Huamachuco y esa zona rica en expresión y creación.

Así como cada región tiene sus propios términos únicos que lo diferencian de los demás, también lo tiene cada comunidad, cada familia y hasta cada individuo. Largos años en mi entorno familiar, escuché la creatividad lingüística de mi abuela en el pueblo donde nací, términos como “obedesheck” (último llamado para acatar una orden recibida con anterioridad / Ejemplo: Juan, Juan obedesheck que ha llegado tu papá) “¡A la mierda mi teniente!” (Expresión concluyente ante una acción ejecutada o suceso / Ejemplo: El Carro se cayó al abismo y a la mierda mi teniente) o “Motorocho” (persona con el pelo extremadamente corto/ Ejemplo: Carlos se fue a la peluquería y lo dejaron motorocho).

La gama de términos variables que nuestra lengua tiene es inmensa, si bien es cierto que gran parte de esos términos que constituyen nuestra “laya” de hablar vienen del quechua otra cantidad muy numerosa pertenecen a la creación popular, de consensos que se fueron dando con el tiempo y que se han ido extendiendo.

El idioma es como la indumentaria del alma, hay ocasiones en que debemos vestir apropiadamente para asistir a una reunión o un evento de trascendencia, pero hay otra vestimenta para jugar o hacer deporte, otra para dormir, una distinta para ir a la playa, otra para ir a una gélida montaña.

El gran problema de nosotros es que nos da vergüenza hablar lo que aprendimos y que creemos equivocadamente que está mal el uso de  esos términos casi íntimos de nuestra cultura. Los cajamarquinos hablamos cantando, tenemos un tono cantarín que es percibido de inmediato por la gente de la costa, arrastramos las palabras y las alargamos. No podemos tapar el sol con un dedo ni negar nuestra identidad, no es necesario.

Rescatar e inventariar los términos de nuestro lenguaje como región es una tarea loable. Existen en algunos puntos apartados de las provincias donde se usan arcaísmos que fueron traídos por los primeros españoles y que hoy ya no se usan en el lenguaje frecuente y común de la Madre Patria, pero que sin embargo han permanecido intactos, congelados, como si un nevado los hubiera cuidado por cinco siglos. Hay mucho trabajo que hacer en descubrir ese saber milenario que aguarda incólume e intacto la mano que lo devele y lo muestre al mundo.


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