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martes, enero 18, 2011

La soledad del Amauta



Ayer se conmemoraron los cien años del nacimiento de José María Arguedas. Más allá de las reuniones y homenajes que en su nombre se hicieron es preciso decir que Arguedas vivió y murió entre omisiones. El año 2011 debió llevar su nombre, sin embargo el Estado prefirió nominarlo con el nombre de Machu Picchu, ciudad que no fue descubierta por Hiram Bingham, él solo la difundió.

La soledad de Arguedas ya anunciaba su muerte, sus depresiones y abismos psicológicos lo atormentaban desde niño y se acentuaban con el transcurso de los años, ningún amor pudo llenar ese vacío existencial que lo acongojaba y que muchos literatos miserables de la época, además de otros políticos, se encargaron de alimentar sabiendo que era fácil destruirlo, quebrarlo, empujarlo hacia una muerte inevitable.

Arguedas se cansó de vivir entre personajes malvados a los que representó en todas sus obras, entre los: don Froylán de “Warma kuyay”, don Braulio de “Agua”, don Ciprián de “Los escoleros”, “el caballero” de “Amor mundo”, “el patrón” de “El sueño del pongo” y don Adalberto de “Todas las sangres”. Se cansó de vivir entre la mediocridad y la maldad de un mundo que lo atormentaba.

Después vinieron las omisiones adrede o la comisión de las omisiones, sus libros no son publicados, Arguedas fue olvidado de inmediato. El Perú profundo ha sido siempre un tema que a nadie le ha importado excepto en las campañas políticas o en las actividades extractivas, después de la muerte de Arguedas se lo siguió relegando como a un estigmatizado al que hubiese que desterrar del corazón mismo del ande.

Arguedas sufrió lo indecible, ya antes había intentado suicidarse tomando 37 pastillas de un poderoso somnífero, una de sus últimas cartas es condenatoria y sabe que su ausencia hará sufrir a mucha gente, por eso pide perdón a sus grandes amores antes de descerrajarse un tiro en la sien.

Cuatro años después de las mesas redondas organizadas en 1965 por el Instituto de Estudios Peruanos (IEP) –donde se dijo que su novela “Todas las sangres” no era aprovechable sociológicamente–, Arguedas decidió quitarse la vida.

“Creo que hoy mi vida ha dejado por entero de tener razón de ser. Destrozado mi hogar por la influencia lenta y progresiva de incompatibilidades entre mi esposa y yo; convencido hoy mismo de la inutilidad o impracticabilidad de formar otro hogar con una joven a quien pido perdón; casi demostrado por dos sabios sociólogos y un economista, también hoy, de que mi libro “Todas las sangres” es negativo para el país, no tengo nada que hacer ya en este mundo.

Mis fuerzas han declinado creo irremediablemente.

Pido perdón a los que me estimaron por cuanto de incorrecto haya podido hacer contra cualquiera, aunque no recuerdo nada de esto. He tratado de vivir para servir a los demás. Me voy o me iré a la tierra en que nací y procuraré morir allí de inmediato. Que me canten en quechua cada cierto tiempo donde quiera se me haya enterrado en Andahuaylas, y aunque los sociólogos tomen a broma este ruego –y con razón– creo que el canto me llegará no sé dónde ni cómo.

Siento algún terror al mismo tiempo que una gran esperanza. Los poderes que dirigen a los países monstruos, especialmente a los Estados Unidos, que, a su vez, disponen del destino de los países pequeños y de toda la gente, serán transformados. Y quizá haya para el hombre en algún tiempo la felicidad. El dolor existirá para hacer posible que la felicidad sea reconocida, vivida y convertida en fuente de infinito y triunfal aliento”.

Perdón y adiós. Que Celia y Sybila me perdonen,

José María Arguedas

Balcon Interior

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