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lunes, enero 03, 2011

Trotsky


Cuando llegó a la casa de la abuela, Trotsky tenía apenas unos meses de nacido, era un perro distinto a los demás su cuello parecía un tronco fuerte, sus patas peludas eran toscas y enormes, su pelaje era amarillo a esa edad, después fue asumiendo un color mostaza que lo diferenciaba de todos los canes del pueblo.

-La abuela le puso el nombre de Trotsky, porque en el fondo mi abuela era una stalinista en la que habitaba además un espíritu nazi que le hacía creer que toda la gente era de un nivel inferior y vivía añorando la época de sus feudos y de sus peones indios en la LLica-

La raza del juguetón Trotsky  era indefinida, como la raza de toda la gente del pueblo; en el pueblo había raza de italianos, argentinos, judíos, españoles, chinos, negros, indios… todas las razas mezcladas como un gran batido. Trotsky tenía mucho de San Bernardo y quien sabe de qué otras razas, pero predominaba en él esa genética del gran San Bernardo.

Trotsky creció entre el afecto que le prodigaba mi abuela y el afecto colectivo que le daba la gente del pueblo, cuando alcanzó su tamaño máximo se había convertido en un animal que causaba temor y que infundía respeto, era más grande que cualquier perro del pueblo y de los extramuros, debía alcanzar el tamaño de un toro mediano  cuando tenía diez años.

Trotsky tenía un don que era muy respetado por los hualgayoquinos, en algunas noches aullaba con pavoroso desenfreno, entonces toda la gente, ya cobijada en sus casas, a la luz de unas velas de cera o de lámparas de kerosene sabían que alguien iba a morir y así era, el anuncio era infalible, una sentencia inapelable que a todos llenaba de terror.

Entonces se empezaba a hablar del viejo que estaba enfermo, de la madre que dio a luz y quedó grave o de cualquier hombre o mujer que en el pueblo tenía una dolencia o achaque como un candidato a cerrar ese anillo misterioso que era el aullido del gran San Bernardo. Sin embargo casi siempre las anunciadas muertes se producían por la caída de las rocas en la mina, lo que los mineros llamaban “tapas” porque así caían, como un matamoscas cae sobre una mosca inerme sin darle oportunidad a nada.

La gente del pueblo veía entonces que el designio anunciado por el perro colosal se había cumplido y hasta se sentían tranquilos porque sabían que la muerte se había ido del pueblo al menos por unos días. Semanas después el aullido de Trotsky volvía a estremecer a la gente en la noche, era un llanto melancólico y triste una melodía salvaje que anunciaba la muerte.

El médico del pueblo era uno de los que más lo querían porque sabía que su anuncio nocturno significaba el agravamiento de uno de sus pacientes, la muerte segura y precisa como la bala de un francotirador que era infalible y certera.

Y me he acordado de Trotsky porque lo he visto después de años en uno de esos retratos vivos que solo los sueños pueden darnos. Viejo, reposando con su gran cabeza y su enorme estructura, en el patio de la casa de la abuela,  con esa mirada triste que tantas veces anunciaba la lluvia, la pena el abandono y con ese aullido insondable anunciador de la muerte.

Trotsky murió un día no de muerte natural, sino que lo asesinaron, a balazos y luego colgaron su cuerpo en un árbol de saúco. Todos saben que Trotsky murió en México y que estuvo antes con Diego Rivera y Frida Khalo pero pocos saben que en Hualgayoc también hubo un Trotsky al que también ordenó matar una especie de neonazis de gente mala, muy mala…

De: “Hualgayoc historia y tragedia de un pueblo minero” de Jaime Abanto Padilla”

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