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jueves, noviembre 18, 2010

“Nos hicieron el cuento del ladrillo y el cemento”


El proyecto de construcción de un terrapuerto es para Cajamarca, qué duda cabe, una necesidad imperiosa dado el crecimiento demográfico que la ciudad ha tenido en las dos últimas décadas. Las últimas cifras estadísticas de la población nos dan un número aproximado a los doscientos mil habitantes.
Sin embargo el lugar que se ha escogido para la ejecución de este proyecto es el menos indicado ya que se trata de uno de los últimos espacios de vida que quedan en Cajamarca. La depredación del valle en ha sido tan grande que el “verde valle cajamarquino” es solo una imagen literaria y poética, nada más.
El proyecto del terrapuerto o Estación Turística Para Pasajeros, como se lo quiera llamar, tendría un flujo de movimiento vehicular de entre 100 y 200 buses cada día con la consiguiente ampliación de unidades de transporte local que tendrían que trasladar a los pasajeros hasta ese terminal, lo que significa que si de un bus de 40 pasajero la mitad de ellos llega en taxi se sumaría la contaminación de 20 unidades vehiculares más por bus; 2000 si fuesen 100; 4000 si fuesen 200 buses diarios. Este incremento colateral de emisiones de CO2 no ha sido considerado en las evaluaciones preliminares del proyecto.
Otro de los efectos inmediatos que surge en torno a una obra macro es el comercio de manera ambulatoria, que trae como consecuencia el incremento sustancial de basura, la congestión y colapso de las arterias de acceso al lugar sin contar con la delincuencia que surge en paralelo en la periferia.
Cerca a un terrapuerto surgirán de la nada tiendas de repuestos, servillantas, restaurantes al paso, urinarios y baños a la intemperie, negocios de lácteos y artesanías que hasta harían una competencia desleal con los que ya se les asignaron lugares definidos en el Qhapac Ñan. Sin contar los cientos de heladeros, grifos, combis, triciclos, mototaxis… 
Sumemos esa cantidad fabulosa de CO2, de gases contaminantes; agreguemos la fetidez de las pozas de oxidación, añadamos la contaminación sonora de gritos, bocinas, altavoces, parlantes, motores y tendremos como resultado un lugar de miedo y espanto además con un nivel altísimo de contaminación.
No solo eso. La Universidad Nacional de Cajamarca tiene más de diez mil estudiantes, sin contar otros miles que se movilizan por esa ruta y que pertenecen a instituciones como SENATI, Universidades particulares, institutos, Baños del Inca, etc. Entonces hablamos del caos en su más puro estado, de la barbarie de una urbe en la que el cemento y el asfalto predominen sin dejar siquiera el menor vestigio del camino inca -aquel bordeado de agua pura y de vida, de silencio y de simbología-.
La ciudad ha crecido y sus necesidades crecieron con ella, el terrapuerto  o Estación Turística Para Pasajeros es una necesidad, pero existen espacios más idóneos en donde ejecutar obras de esta envergadura.
Qhapac Ñan pudo pasar a la historia como una de las obras más importantes  si se lo hubiera construido en otro lugar, pero se optó por hacerla sobre un humedal y hoy la historia es conocida, quizás se esté a tiempo de hacer una convocatoria a un consenso y se reformule el lugar para la construcción del terrapuerto, por el bien del valle y de las generaciones que vienen.
Por esas garzas que vuelan cada tarde de un lugar a otro y que son el mejor emblema de que nada dura para siempre y que cuando la naturaleza muere la vida lo hace con ella.
(*) El título del presente artículo corresponde a un verso del Poeta y Filósofo Alberto Benavides Ganoza.


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