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miércoles, setiembre 15, 2010

La Caldera del diablo



(Fragmento)

 
Próximamente saldrá a luz una novela de corte minero indigenista. Novela corta que narra el mundo de la una sociedad habitada por gente asentada en un campamento minero, la novela es un conjunto de episodios que transcurren en un campamento cerca a Hualgayoc.

“(…) Aquellos hechos mutilaron la quietud del campamento, el romance entre los amantes furtivos era juzgado con minuciosidad por el entorno de esa endeble sociedad a la que tanto le costaba aceptar un amor abierto cuando en ella todas las relaciones eran clandestinas.

Javier lo sabía, sabía que sus pasiones secretas con la ingeniera a quien empezaba a amar, ahora si de verdad, estaban descubiertas por las veladas de nocturnidad que los vigilantes realizaban entre la niebla. Eso lo hacía sentir diminuto, observado, vigilado, se sentía el insecto que es examinado bajo la lente de una lupa. Y en las noches llenas de silencio, se embriagó varias veces deseoso de encontrar aquel espectro al que otros tantos le temían.

En la oscuridad del almacén se refugiaba a escribir poemas malos que nadie leería, cartas vacías que nunca sabía si llegarían. A las diez y media exactamente, un avión surcaba la negrura voraz del cielo nocturno, todos los días, puntual el avión cruzaba la aldehuela con ese sonido largo y monótono que suelen tener los aviones. Esa exactitud lo hacía suponer que esa línea no era peruana. Los peruanos no somos puntuales se decía. Esa línea de aviones debía ser chilena.

Se fumaba un cigarro esperando el sonido del avión, ese avión se llevaba su pena cada noche, lo arrastraba a mundos insospechados. Otras veces agazapado en medio de la oscuridad esperaba el paso veloz del fantasma al que nunca pudo ver.

Pero esas persecuciones nocturnas iban llegando a su fin, igual que sus risas solitarias a media noche bajando en la oscuridad hasta su habitación. El haber descubierto los secretos de aquel mundillo empezaba a cansarlo, todo aquello le parecía desdeñable, falso. Por eso sus borracheras se fueron haciendo más ciertas y menos secretas. Por eso su relación con Martha se fue haciendo una sombra que cubría todos los rumores de los habitantes. Su aburrimiento lo despertó una mañana, convertido en un hombre cínico incapaz de ocultar su relación por un instante.

A menudo se preguntaba qué fue lo que lo cautivó de Martha, admiraba su inteligencia y ese hablar casi correcto para ser una costeña. Admiraba su voluntad y su vehemencia, pero sabía que muy en el fondo un misterio antiguo se escondía bajo esa mirada. Una sombra del pasado que lo miraba de cuando en cuando escondiéndose de nuevo bajo la sonrisa de, la no tan dulce, Marthita.

Y el delgado almacenero empezó a dibujar secretamente un plan de seguimiento, un plan que abarcaría los días más remotos de San Silvestre. Por eso una noche mientras bebía un ron menos añejo que sus dudas empezó a escribir apasionado las conductas elementales de aquellos habitantes que de no ser por algunas máquinas mecánicas, se diría que vivían en una era medieval a la que apenas llegaban la luz de los días del mundo exterior. De no ser por ese avión que surcaba el cielo cada noche (…)”





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