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jueves, enero 24, 2013

Historias en torno a la luz



Los seres humanos nos parecemos mucho a los lepidópteros, esos insectos que aman y buscan la luz aunque esa intención, la mayoría de veces, les cueste la vida. Las polillas suelen acercarse a la llama de las velas hasta quemar sus alas y mueren calcinadas en un patético espectáculo de chispas y muerte.

Los seres humanos siempre hemos buscado la luz desde nuestros más primigenios orígenes, desde el primer fuego que el hombre primitivo llevó a su cueva para abrigarse, algo mágico descubrió en él más allá del calor y la luz que podía obtener de ese fuego casi sagrado.

Años atrás, cuando la energía eléctrica no existía o si existía aun no llegaba por estos lugares, las casas se alumbraban con lámparas o candiles durante las noches, entonces esa luz se convertía en un sol de un microcosmos en torno al cual se congregaba la familia y entonces, como si de un trance místico se tratara, empezaban a brotar historias larguísimas, muchas veces inventadas, otras en cambio reflejaban los temores más profundos que tenemos los seres humanos en la oscuridad y entonces como un velo que se cae desde la luna empezaban las historias de almas, duendes, hechizos y encantamientos.

Otro punto clave en torno al cual surgían las historias más raras y espeluznantes eran las que se daban en torno al fogón de las casas, en donde, mientras se comía, se contaban historias y leyendas, tradiciones y creencias que habían sido heredadas, muchas veces como único patrimonio, de generación en generación. Las historias chisporroteaban como las briznas del fogón y los tizones encendidos parecían avivar el recuerdo del narrador o narradora y se despeñaban por la noche como una sombra de miedo que cubría a los oyentes.

Jorge Pereyra ha escrito un libro titulado “Leyendas, creencias y costumbres cajamarquinas”, editado impecablemente por el Fondo Editorial de la UPAGU. Las historias que reúne el libro nos trasladan a otra época y nos sumergen en el mundo místico de lo etéreo y sobrenatural que siempre nos circundó como si se tratase de un fragmento de nuestra raza.

Siempre hemos vivido entre las historias de los abuelos arrancadas en torno a los fogones de los zaguanes, esos en donde se humeaban los jamones y en donde las historias se hacían fáciles en medio de la noche porque el miedo nos tenía atrapados.

La oralidad de las tradiciones ha sido acaso la mejor manera de mantener nuestras historias vivas y vigentes, somos el resultado de un sinfín de tradiciones y creencias.

Desde la inexplicable, pero efectiva limpia con huevo o periódico, hasta las historias de aparecidos y de frailes sin cabeza. Como cualquier cultura del mundo tenemos una carga de tradiciones que han sobrevivido en el tiempo gracias a que se han transmitido oralmente, probablemente variaron en ese tránsito, perdieron o se añadieron elementos, pero la vigencia que tienen ellas en cada uno de los cajamarquinos es innegable.

Lamentablemente la tecnología nos ha deshumanizado mucho y nos hemos convertidos en seres menos colectivos y más solitarios, tan solos que apenas si conversamos con nosotros mismos.

JAP - Presidente de la Asociación de Poetas y Escritores de Cajamarca (APECAJ).

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