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miércoles, octubre 29, 2008

Carta para mi padre



A medida que ha pasado el tiempo he ido descubriendo que las horas a tu lado se fueron diluyendo casi sin querer, es verdad que siempre me gustó la soledad y a veces me ausentaba para olvidarme de ti, para desdibujar de mi memoria tu recuerdo gris. Nunca aprendí a decirte te quiero y digo que no lo aprendí porque recuerdo que alguna vez, cuando aún era un niño, me enseñabas a decirlo, pero no aprendí, no lo entendí y prefería las cosas distintas de la vida, coleccionar piedras de cada lugar recorrido, coleccionar monedas de lugares distantes o leer a Vallejo en la soledad de mi habitación.
Lamento no haber aprendido a decir te quiero, lamento las ausencias con las que te golpeo a diario y aún más, cada domingo, extraño esos paseos, te echo de menos en el interior de mi balcón al que cada vez llegan más días tristes y aciagos.
Un día en ese sinuoso camino que es la vida me caí atrozmente y perdí al ser que más amaba y fue mi error, lo reconozco, aunque cada mañana que pienso en ello creo que el castigo fue y es muy severo. Hay que reconocer nuestros errores, mee dijiste un día, y yo lo aprendí, aunque me costó al comienzo.
Hoy escribo otras páginas, mis días son más felices junto a una mujer buena y una nieta que aún no conoces, pero que tendrás entre tus brazos pronto, en un día inesperado, en el día menos pensado, es mejor no premeditar las cosas y construir un día nuevo cada mañana.
He aprendido que las tardes ya no se remiendan, que las palabras dichas ya no regresan y que los días de soledad son cada vez más recurrentes. He soñado alguna vez que me había ido a otra distancia y desperté llorando, arrepentido de los “te quieros” negados.
Nuestra casa en la montaña cada vez está mas lejana, mi niñez atrapada en los cerros que de algún modo también habitábamos, de donde te veíamos salir cada tarde con un casco amarillo que te protegía de las gotas interiores de la mina. Yo admiraba esa forma de vida, en esos días no sabía que esas cosas no eran buenas, no sabía que existía la contaminación y que acabaríamos un día muertos de tristeza.
Extraño los días de nuestra casa en “Coloradas” en la “Morocha” y en “Chachas”, nuestra ventana altísima en el octavo piso del edificio Las Moreras nuestra casa en un cuarto piso frente a la cárcel y esas otras casas que a veces eran también una cárcel de pena y angustia.

Cada día estamos más ausentes, más distantes y la soledad se alarga como la sombra lo hace cuando cae la tarde.
La vida nos ganó la partida y veo mi rostro asomando a tu imagen más cada día y veo mi alma quebrarse como la tuya y veo que de nada sirvió tanta ausencia, tanta distancia, sino solo para darme cuenta en lo más profundo de mi alma de cuánto te quiero aunque no haya aprendido a decirlo.

Balcon Interior

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