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jueves, septiembre 14, 2006

El “Zurzur”: Las batallas infantiles que nunca volverán.



Fue un día de escuela cuando descubrí ese juego inocente que en ocasiones terminaba en combates sangrientos. Una pequeña lata giraba a miles de revoluciones por minuto sostenida en un eje hecho de una cuerda liviana. El artefacto era de sencilla construcción, bastaba una chapa, esas tapas metálicas de las bebidas gaseosas. Para fabricarlo había que trabajar arduamente. El trabajo empezaba al martillar la chapa con golpes constantes hasta convertirla en una delgada lámina. Luego se quitaba esa plomiza esfera plástica que servía de empaquetadura, quedando la plateada circunferencia desnuda. No sé a ciencia cierta el misterio de la eficacia, pero las chapitas de Coca Cola y de la cerveza Cristal eran las más recomendables para tal fin. No sé si eran de un material distinto o la simple psicología de la niñez que así lo creía.
El trabajo de afilar era minucioso, se afilaba en una piedra frotando la metálica lámina con insistencia, poco a poco se iba convirtiendo en un filoso instrumento capaz de tajar un lápiz. Era fabuloso probar su filo en cualquier madera y ver su eficacia tajando briznas, desastillando maderas. Dos agujeros menudos y equidistantes en el centro terminaban con la construcción de ese juguete que entrañaba siempre algunos peligros. Pero para echarlo a andar se necesitaba de un accesorio final, un hilo que atravesaba por los pequeños hoyos previamente elaborados con un delgado clavo. Una vez ensartada la lámina se anudaba los cabos. La cuerda se sujetaba con los pulgares y la lámina esférica quedaba al centro. Los movimientos repetidos hacia delante de los pulgares, con el fin de torcer el hilo para conseguir un efecto de propulsión venían luego. Cuando los hilos estaban lo suficientemente torcidos se tiraba con los pulgares hacia afuera y la lata empezaba a girar y girar. Entonces su sonido se escuchaba como un canto nocturno zur…zur… zur…zur… una y otra vez. Estaba listo para la lucha, zumbando, girando. Era un arma peligrosa si no se tenían ciertos cuidados.
El oponente, provisto de un arma similar blandía su filosa hoja buscando cortar el hilo que sostenían los pulgares del contrincante. En el fragor de la infantil batalla se encontraban las chapitas en esquivas cabriolas y a veces unas chispas relucían en combativa muestra de la vehemente lucha.
Aquellos combates en ocasiones se alargaban por minutos como dos espadachines en encarnizada querella. Otras veces el ataque frontal y el afán continuo de cortar los hilos del oponente acababan cortándole los dedos o lastimándole la mano, Pero finalmente un certero corte rompía los hilos del rival liquidando el combate y la filuda lata se caía en rápida huída rodando casi avergonzada. Ese era el epílogo de la batalla. Entonces el perdedor quedaba con los hilos enredados en los pulgares y con la vergüenza clavada en el alma. El vencedor seguía haciendo zumbar el zurzur victorioso mientras esa onomatopeya de su grito repetía ese sonido tenue: sur… sur…

Hoy otros combates nos atañen, otras derrotas, otras heridas más grandes y menos visibles. Porque la infancia se marchó como aquella chapita que huía despavoridamente avergonzada cuando el juego terminaba.

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