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domingo, febrero 25, 2007

¿Qué culpa tiene el INC si un grupo de vándalos atenta contra nuestro patrimonio cultural?




Hace unos días concluyó el carnaval cajamarquino, los visitantes se marcharon de regreso a sus pueblos y solo nos quedó un vaho pestilente y sucio en cada rincón de la ciudad.

El carnaval ha degenerado en una fiesta que apenas es la sombra de los carnavales de antaño, apenas un vago remedo de las fiestas que antiguamente se celebraban en Cajamarca. Mónica Buse, escritora acuciosa, en su libro “De Oropeles y Abandonos” narra las antiguas fiestas de carnaval donde la mixtura y la espuma eran complementos de las delicias de esa fiesta. Y el respeto una virtud que primaba en los juegos de aquella época.

El carnaval de Cajamarca se degeneró por la misma fama que adquirió, miles de personas se enteraron de la fiesta que aquí se hacía y fueron llegando de muchos puntos del Perú y del mundo para comprobar la certeza de lo espectacular y escandalosa que esta fiesta era. De espectacular no encontraron nada, de escandalosa mucho. Y cada año esa voz horrenda fue creciendo y más gente aunándose a ese espectáculo cada vez más macabro.

La plaza de armas convertida en un gran urinario, ese mismo suelo en que hace casi quinientos años se selló la tragedia del imperio de los Incas estaba convertida en un inmenso excusado donde miles de ebrios danzaban y cantaban eufóricos luego de beber tragos pestilentes de dudosa procedencia. Las orgías de medianoche rendían culto a la barbarie y a la infamia, Sodoma y Gomorra habían renacido para tomar la forma de las noches del carnaval de Cajamarca. Esos desordenes en nuestra plaza de armas pudieron preverse y controlarse de algún modo, esas eran cosas previsibles como previsible era, que los palcos enclenques y atiborrados de gente se desplomaran como cada año.

Pero se ha preferido acusar y culpar de otras cosas, de aquellas que si estuvieron fuera del alcance de quienes supuestamente son los responsables. Se ha pretendido culpar y responsabilizar a Marcela Olivas porque un grupo de vándalos aprovechando que sus rostros pintados no podían ser identificados y mimetizados en el salvajismo y la barbarie han pintarrajeado la parte arquitectónica de nuestro patrimonio cultural, al pintar partes de iglesias y monumentos de invaluable valor. Podemos discrepar con algunos puntos en cuanto a políticas culturales, pero no podemos hacer carga montón a una institución que adolece de presupuesto para contratar vigilantes en cada monumento histórico. Hace unos años, cuando en el Cuzco un importante muro Inca fue pintado por dos vándalos chilenos, nadie culpó al INC del Cuzco por el hecho, se capturó al par de delincuentes y se los puso tras las rejas. Eso mismo debe hacerse aquí, pero para disfrazar la incompetencia de nuestras autoridades que estuvieron a cargo de velar por el orden y seguridad de la ciudad ahora se pretende acusar a la víctima de haberse dejado victimar. La culpa ahora no es de quien pintó y deterioró los paredes coloniales de nuestro patrimonio, sino de quien no pudo evitar que un grupo de degenerados ebrios que probablemente no recuerdan lo que hicieron o que simplemente no son concientes de lo que eso significa, lo hayan destruido.

Cierto machismo hay en atacar a una institución que es regentada por una mujer, más aún cuando esa persona está haciendo las cosas con aciertos que otros prefieren minimizar e ignorar.

Balcon Interior

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