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miércoles, febrero 14, 2007

Las ojeras de Miluska



Hace tres años me divorcié, desde entonces vivo en un cuarto en alquiler en una quinta, un lugar sombrío en donde habitan muchos mundos a la vez y en cada uno de ellos una especie de habitantes diferente. No es una vieja quinta, es más bien una construcción nueva que fue elaborada con esa finalidad, hay más de treinta habitaciones en ella, dos pisos y un patio pequeño con un lavadero siempre ocupado. Una reja de metal que da a la calle y después de ella días grises repitiéndose.

He aprendido a descubrir la personalidad de mis vecinos por sus costumbres y rutinas, por esos detalles minúsculos que dejan las pistas de un estilo de vida y de costumbres que engendran hábitos, de hábitos que definen personalidades para acabar haciendo cada una un mundo distinto al mío. Tengo un vecino que es un trabajador distante, sale puntual cada día a las cinco de la mañana y se baña dejando un día, le gustan los boleros y parece que tiene a su familia en otra ciudad. La vecina de mi derecha es una joven secretaria que tiene dos amantes y eventualmente un tercero que solo llega pasada la medianoche y desaparece antes de que el sol despierte. Otros más habitan la quinta, desde un policía jubilado que perdió su casa en un embargo hasta estudiantes jaraneros con los padres en lugares lejanos. Pero hay una persona que llama mi atención cada vez que llego a mi cuarto. La descubrí hace unas semanas cuando cruzaba el patio distraídamente, ella cruzaba envuelta en una toalla rosa, era una mujer joven que salía de la ducha despreocupada y carente de toda vergüenza, me incomodé al encuentro porque creí que ella se incomodaría pero fue indiferente y ni siquiera parpadeó. Su piel húmeda contrastaba con el crepúsculo de esa hora, sus cabellos mojados eran del negro más tinto. Ella vive justo debajo de mi habitación. Tiene un hijo y un trabajo nocturno, todas las tardes se acicala y sale perfumada con ropa ceñida y una cartera de cuero. El niño, que debe tener seis años se queda encerrado, prisionero y cautivo durante su ausencia.

Sé que su nombre es Miluska, que trabaja en un centro nocturno ofreciendo sus favores a los parroquianos, que ama a un hombre llamado Miguel que al parecer la abandonó, que llega siempre de madrugada y en un paupérrimo estado, ebria y acongojada como arrepentida de sus labores.

Cada madrugada cuando retorna ebria, que es la mayoría de veces, encuentra al niño aún dormido y lo despierta a gritos y golpes, a esa hora el silencio de la quinta se quiebra y empieza la desigual lucha, ella le increpa haber nacido, mientras llora a gritos llamando al Miguel que la dejó sola en la vida. Ese niño es su pasado resucitado y ella lo odia.

Al final de de esa sinfonía de llantos y gritos ella por fin se duerme dejando la puerta de su habitáculo sin la llave acostumbrada, solo entonces el pequeño puede deslizarse y salir hacia la luz de un día nuevo que se va a repetir cuando ella despierte y tenga que volver a su oficio. A esa hora la quinta se convierte en un bullicioso recinto de pasos y gritos que se disuelven en el rumor de la mañana, mientras tanto el pequeño se atreve a cruzar el patio y cruzar la reja en un acto de libertad inherente que lo emociona y camina, camina mientras el sol de la mañana empieza a derramarse por las miles de casa y quintas del mundo.

Balcon Interior

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