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lunes, mayo 14, 2012

Réquiem por Javier Heraud




Un 15 de mayo, hace 49 años murió el poeta Javier Heraud Pérez, atravesado por las balas de armas fratricidas que veían en él un peligro social, él apenas si había jugado a la guerra con moras frescas, nunca pensó que su pecho y su cuerpo iban a terminar atravesados por más de treinta balas cuando inerme y silencioso, se había rendido y hasta había agitado un trapo blanco en señal de claudicación en medio de las aguas del río Madre de Dios.

Javier Heraud fue la precocidad de la vida hecha un hombre con alma de niño. Las historias que de él se cuentan son muchas, quizás pocas tan ciertas como las que cuentan las personas de su entorno, las que tomaban café con él en las calles de Miraflores o a las salidas de la universidad de San Marcos, en donde despertó en él, el espíritu liberador y redentor que sus cortos 21 años no llegaron a alcanzar. Murió entre pájaros y árboles. -Ya lo había anunciado alguna vez en uno de sus versos-.

La vida de Heraud estuvo plagada de sorpresas, de una cadena de hechos que lo convirtieron en uno de los emblemas juveniles de su época. Viajero incansable, poeta profundo pero sencillo, supo descubrir en medio de la tormentosa época antiimperialista que la razón de su vida era la libertad de los pobres y así vivió. Dejó la Universidad Católica para ingresar a San Marcos y ser parte de lo que él consideraba una vida más digna. Pudo llevar una vida cómoda y tener una existencia parsimoniosa como aquellos que junto a él estudiaron en el mejor colegio de Lima de ese entonces. Pero el prefirió viajar a Cuba y conocer la vida triste de los hombres que se creían libres en esa Isla, -una isla que al final fue más aislada todavía-

Sus últimos años en Cuba los pasó escribiendo cartas a su madre, a sus hermanos, a su padre, a todos aquellos seres que amaba y que le dieron una razón a su existencia durante su niñez. La transparencia de cada uno de sus poemas es notable; cada verso de Heraud es un camino que reverdece con el paso del tiempo. A su muerte uno de los primeros en pronunciarse fue el poeta universal Pablo Neruda – en ese año aún no había ganado el Nobel, el premio llegaría años después-

Su viaje a Cuba, había dicho el poeta a sus padres, era para aprender dirección de cine, en realidad se preparaba para ser un guerrillero. Fidel y el Che estaban de moda y los poetas eran captados porque capitalizaban la emoción que las guerrillas de entonces necesitaban. De esa generación se salvó Antonio Cisneros, Rodolfo Hinostroza, César Calvo, ellos prefirieron hacer himnos desde la distancia… Javier en cambio, se puso un fusil al hombro y quiso entrar por la frontera de Perú y Brasil para cambiar el mundo. Él creía que el mundo podía cambiar y que la gente podía hacerse buena, se equivocó y hoy nos llena de ausencia. Se equivocó y hoy apenas si tenemos unos versos que nos muestran lo que pudo ser, el poeta inmenso que pudo llenar de versos cientos de libros como sus otros camaradas que hoy escriben en grandes editoriales, viajan invitados a París y beben en los salones de las Casas de Cultura de un mundo que ya casi ni lo recuerda.

El cadáver de Javier Heraud estuvo sepultado en esa inhóspita selva muchas décadas, entre la tierra fecunda de vida y de insectos, de ausencias diarias y de renovación perpetua, solo hace unos años sus restos fueron exhumados y llevados a Lima, en donde hoy reposan, en esa ciudad donde alguna vez la lluvia lo esperó al salir de la escuela, donde se enamoró por vez primera, donde jugaba a la guerra con moras frescas y no con balas que mataban, donde aprendió que existe un estado que se llama pobreza y que no todos lo tienen, donde descubrió también que había un país megalómano que se llamaba Estados Unidos y donde habían barcitos cool donde se cantaba La Flor de la Canela.

Javier Heraud murió sin conocer la vida, como los javieres que ahora son asesinados igualmente por las balas fratricidas de los asesinos que operan en el VRAE, en la selva; como aquellos javieres   que creen que el mundo se puede cambiar, aunque antes de que se den cuenta hayan sucumbido sin saber por qué ni por quién.

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