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viernes, marzo 02, 2007

“Las pequeñas memorias” Libro del escritor portugués José Saramago relata su infancia y pre-adolescencia.



Primero pensó en titularlo “El libro de las tentaciones”. Porque para un niño el mundo entero se ofrece como una gran tentación. Sin embargo, al final, José Saramago optó por titularlo “Las pequeñas memorias”.
A continuación, partes del capítulo en el que el Premio Nobel de Literatura 1998 narra el episodio que él mismo ha definido como su primer y más traumático recuerdo:


"La madre y los hijos llegaron a Lisboa en la primavera de 1924. En ese año, en diciembre, murió Francisco. Tenía cuatro años cuando una bronconeumonía se lo llevó. Fue enterrado en la víspera de Navidad. Hablando con el mayor rigor, pienso que las llamadas falsas memorias no existen, que la diferencia entre éstas y las que consideramos ciertas y seguras se limita a una simple cuestión de confianza, la confianza que en cada situación tengamos en esa incorregible vaguedad a la que llamamos certeza. ¿Es falsa la única memoria que guardo de Francisco? Tal vez lo sea, pero la verdad es que ya llevo ochenta y tres años teniéndola por auténtica...


Estamos en un sótano de la calle E en el Alto do Pina, hay una cómoda debajo de una abertura horizontal en la pared, larga y estrecha, más tragaluz que ventana, rasante con el pavimento de la calle (veo piernas de personas pasando a través de lo que supongo que será una cortina), y esa cómoda tiene dos cajones inferiores abiertos, el último más hacia fuera de manera que hace una especie de escalera con el siguiente. Es verano, tal vez el otoño del año en que Francisco va a morir. En este momento (el retrato está ahí para quien lo quiera ver) es una criatura alegre, sólida, perfecta, que, por lo visto, no tiene paciencia para esperar a que el cuerpo le crezca y los brazos se le alarguen para llegar a lo que se encuentra sobre la cómoda. Es todo lo que recuerdo. Si la madre apareció para cortar de raíz las veleidades alpinas de Francisco, eso no lo sé. Ni siquiera sé si ella estaba en la casa, si habría ido a fregar las escaleras de algún edificio próximo. Si lo tuvo que hacer después, por necesidad, cuando yo ya era lo suficientemente mayor como para comprender lo que pasaba, es más que probable que lo hiciera entonces, cuando la necesidad era mayor. El hermano de Francisco nada podía hacer para amparar en la caída al osado alpinista, en caso de producirse. Debía de estar sentado en el suelo, con el chupete en la boca, con aquel su poco más de año y medio, ocupado, sin que pudiera ni imaginar que lo estaba haciendo, en registrar en cualquier lugar de su pequeño cerebro lo que estaba viendo para poder venir a contárselo después, una vida después, al respetable público. Ésta es, pues, mi memoria más antigua. Y quizá sea falsa...
Falsa, sin embargo, no es la que viene ahora. El dolor y las lágrimas, si pudieran ser llamados aquí, serían testigos de la violenta y feroz verdad. Francisco ya murió, yo tendría, creo, entre los dos y los tres años. Un poco alejado de la casa (todavía estamos viviendo en la calle E), había un montículo de caliza abandonado de alguna obra. A la fuerza (mi débil resistencia de nada podía servirme), tres o cuatro niños ya crecidos me llevaron hasta allí. Me empujaron, me tiraron al suelo, me bajaron los pantalones y los calzoncillos y, mientras unos me sujetaban los brazos y las piernas, otro comenzó a introducirme un alambre.

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