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lunes, marzo 19, 2007

De toros, corridas y otras costumbres ancestrales



"Eso que entre un señor vestido como una señorita y un animal que no se sabe el guión y que puede llevar la muerte encima, me parece una cosa absolutamente emocionante, no me gusta que maten a los animales pero hasta que se prohíban las corridas, que acabarán prohibiéndolas, yo seguiré yendo todas las tardes a ellas.
Joaquín sabina

Debía tener seis años cuando vi una corrida de toros por primera vez, y confieso que me gustó. Algo había en ello, que me hacía concentrarme en esa lucha desigual que me fascinaba a esa edad. Hay costumbres que se heredan y las corridas de toros era una de ellas. El tiempo fue avivando esa pasión y ese gusto por los encierros donde un hombre armado se enfrenta a un toro inerme y asustado.
En la plaza de toros de esta ciudad, aquella que estaba ubicada en Chontapaccha un grupo de muchachos aprendía a torear los sábados por la tarde, tenían las herramientas necesarias y hasta la cabeza de un toro con una especie de carretilla que hacía las veces del bravo animal. Los descubrí un día cuando me interné en ese ruedo buscando un poco de paz que mis quince años adolescentes no alcanzaban a encontrar. Eran todos jóvenes y parecían expertos en la tauromaquia, los pases que hacían eran logrados con destreza. Un hombre mayor con gorrita tipo Jorge Chávez les daba indicaciones. La peregrina idea de ingresar a esa escuela surcó mi mente una brevedad, idea que felizmente nunca maduró.

He seguido asistiendo a las plazas de toros durante el resto de mi vida, he seguido viendo los programas taurinos que pasan en la tele y hasta siguiendo ciertas trayectorias de algunos toreros. Algo de sadismo debe haber en lo profundo de mi alma al seguir disfrutando de estos actos de tradiciones arcaicas, casi romanas, algo así debían sentir aquellos hombres que veían morir a los cristianos en el Coliseo Romano. Algo como disfrutar viendo a dos hombres con guantes golpeándose mutuamente en un cuadrilátero hasta hacerse sangrar y derribarse.

Un toro debe tener tres a cuatro años para ser sacrificado en una plaza, su costo está sobre los dos mil dólares, en el ruedo apenas duran casi quince minutos. Con esa cantidad de dinero (siempre son donaciones), se podría alimentar a una persona que vive en extrema pobreza por 5 años, se podría comprar 4, 375 kilos de arroz ó 70 mil panes.

Tal vez sea momento de empezar a tomar conciencia de lo que significan en realidad algunas costumbres que nos fueron impuestas en unos casos y malamente heredadas en otros. Probablemente las corridas de toros nos hagan indolentes, probablemente muchos las disfruten, otros las detesten, las repudien y para otros sólo sea un acto que pase desapercibido.

Tal vez ya va siendo hora de que nuestros ojos empiecen a posarse en costumbres que nos hagan formar hábitos más grandes que el matar a un animal en público con un toque de valentía que sólo es el grito mudo de nuestro primigenio salvajismo, como la mancha mongólica de un ancestral rabo que hemos perdido en la evolución física pero no en nuestra esencia.

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