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viernes, febrero 01, 2013

Patricia Azul



Azul, mi hija menor, cumplirá cinco años en unos días. A ella le gusta como a todos los niños, jugar en los parques y dibujar en grandes cuadernos, las posibilidades de sus líneas son infinitas y cada vez que hace un dibujo lo firma con su nombre con una caligrafía muy original.

Cuando Azul nació se quebró la clavícula y no lo supimos hasta que había soldado en unos días y se había formado un nudo misterioso que nos remitió a un médico quien descubrió la ya añeja fractura. Las enfermeras nunca dijeron nada, ocultaron su fechoría con execrable cobardía.

Patricia Azul es una niña de grandes ojos que quieren devorarse el mundo de una mirada. Ama a los animales con una pasión inusitada, ha tenido y tiene en su corta vida: cinco pollos, tres cuyes, dos patos, nueve perros, dos hámster, un gato… ahora quiere poseer con arrebato un acuario lleno de peces con una tortuga y unos periquitos australianos; ama a los insectos y no le teme a las arañas, se deleita persiguiendo a las mariposas pero nunca para hacerles daño, ama rescatar a cualquier insecto que se encuentre en apuros y hasta aquellos que pueden ser peligrosos los adora con un amor excepcional.

Patricia Azul llegó al mundo siendo esperada, su presencia en este mundo no fue una casualidad sino una acción premeditada del amor y ella parece entenderlo, sabe que la amamos, le gusta que la cargue en mis hombros cuando está cansada y estamos lejos de casa y muchas veces se queda dormida y se interna en mundos insospechados a los que solo los niños y niñas como ellas pueden acceder.

Un día dijo que estaba cansada de este mundo, que la asfixiaba y prefiere habitar el silencio y canta en un extraño idioma que solo ella comprende y recuerda quizás de alguna vida anterior. Le gusta bailar ballet y que le invente cuentos que luego yo no recuerdo pero ella sí, entonces me hace recordar los nudos o los finales de ellos  mientras se duerme entre mis brazos.

El trauma del nacimiento - cuando se rompió la clavícula al momento de nacer- le genera un terror insólito cuando hay que vestirla y las camisetas se quedan ahogadas en su cabeza, esa situación la altera y la hace sufrir, entonces llora con desesperación y evoca una antigua tragedia.

Azul no está muy contenta con su nombre, a veces reniega y cuestiona – Azul es el nombre de un color, no de una niña, me ha dicho más de una vez- Aunque se llama Patricia Azul todos sus amigos la llaman Azul y es un nombre único que recuerda al mar y al cielo, al libro de Rubén Darío, a las estrellas y los astros que surcan el universo.

Decidimos ponerle Patricia Azul –su mamá y yo- porque el hipocorístico de Patricia Azul es Paty Azul, que se asemeja al Patio Azul de la casa donde nació ese sentimiento poético que congregó a varios poetas del mundo por muchos años en Cajamarca. Ella es la heredera de esa época brillante y de ese patio Azul que hoy yace silencioso deshabitado del ruido. Conforme crece se va pareciendo más a su mamá, lo que la hace más hermosa y más tierna. Le gusta inventar historias y contar cuentos que inventa.

En unos días cumplirá cinco años, tiene los ojos de su madre y eso lo hace inmensamente profunda, discute y defiende sus ideas con vehemencia y si hay algo que le incomoda y que le duele es la injusticia. Todos los animales del mundo son sus amigos, no importa la especie ni el tamaño, igual puede montar un caballo que contemplar a una hormiga recorrer veloz por la palma de su mano.

Azul llenó los espacios deshabitados de mi alma que otros afectos dejaron y yo me hice el habitante de su alma y de sus sueños, del tiempo que esta tarde se marcha de prisa mientras ella crece y del río inacabable de su risa que cada nuevo día florece.

Azul es el resumen de mi vida sin errores, el renacimiento perpetuo del amor, la felicidad, la vida, el goce. Yo la amo con un amor que se renueva cada día y cada instante, más allá del tiempo y la distancia.

Balcon Interior

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