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domingo, abril 22, 2007

No le cuentes nunca que lloré por ella entre tus manos




Dos de la mañana en un lugar casi secreteo de la ciudad, el humo de los cigarros se diluye junto al frío de la madrugada que ha llegado con sus grandes pasos a acomodarse en nuestra mesa, dos escritores de novel fama se han quedado tumbados entre las tablas húmedas de la vieja mesa de madera. Tres más discuten sobre el romanticismo contemporáneo, otro discute apasionadamente con su vaso y su soledad.

Siempre me han sorprendido esas reuniones cálidamente humanas donde las servilletas acaban llenas de versos que luego son olvidados y donde además de beber esencias y añejos sabores se beben lágrimas como un elixir que sale del alma y acaba en los labios en un ciclo silenciado a gritos.

Dentro de toda esa pléyade de silencios y carcajadas se encontraba el poeta mayor, de blanca cabellera y profunda mirada, emocionado festejaba sus versos en el papel de la nada. Cantaba la armonía de su alma, sus conversaciones con Haya de la Torre, Los consejos que Antenor Orrego le daba, la embriaguez casi perpetua de un hombre bueno como Bryce y la altura incomprendida de Vargas Llosa, el siempre incomprendido Verástegui y la pulcritud de Gonzáles Vigil, sus amigos de tertulia y de angustia, de lejanas horas y de silencios que a fuerza de rodar se hicieron palabras diluyéndose en ese río inevitable de las horas, hasta acabar muertas en el ruido hostil de alguna imprenta.

La pena del poeta empieza a deslizarse por las mejillas de ese rostro pensativo, sus recuerdos han venido a buscarlo y sus angustias lo han traicionado. Sus lágrimas ruedan por su rostro. Recordar viejos amores es un oficio triste. Ha recordado un viejo amor que esta noche está ausente, un amor que quizás nunca ha de acomodarse en el cobijo de ese corazón cálido que a veces desiste de la vida, un amor que esa noche pronuncia de sus labios húmedamente secos que el wisky ha desflorado para gestar la pena y la palabra, el verso inacabado por un silencio que lo traiciona pero que logra vencer.

Pronuncia el nombre de ella, de esa musa que a esa hora debe dormir en míticas murallas de poesía, porque el agua siempre busca el agua y la tierra se adhiere a la vida como un insecto nocturno a la luz que busca, aunque sea débil. El poeta pronuncia ese nombre como un grito de auxilio y sus ojos se derraman en un río incontenible de llanto. Me deprimo de ver cuan harto puede llorar un hombre por amor, los hombres siempre lloramos por amor, porque el amor aunque no lo queramos es humanamente trágico, y nacemos y vivimos y morimos en instantes largos o cortos de llanto.
El poeta toma mis manos y las acerca a su rostro como una careta que le va cambiar el dolor o que va a ocultar su pena del resto de poetas que hablan ahora de los diálogos de Platón y de los pesares de Vallejo.

El poeta humedece mis manos con su llanto tan humano. No le cuentes nunca que lloré por ella entre tus manos. Me pide con la inquietud de un niño que ha hecho una travesura. Me conmuevo tanto… Y lo abrazo entrañablemente, un abrazo largo, para siempre. Un abrazo como el que hubiera dado Pedro a Jesucristo, sin negaciones posteriores ni cantos de gallos.

Cuando canta el gallo ha llegado la mañana, una mesa vacía cobija las últimas angustias ya de nadie.

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