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martes, enero 02, 2007

Soliloquio de la última noche de diciembre



Siete de la noche del último día del año, salgo a comprar las últimas cosas para pasar la noche a un nuevo año. Camino entre la llovizna y miles de transeúntes, entre música estruendosa y cláxones terribles. De pronto una imagen me sorprende. Frente a mí, en una esquina con un grupo de los suyos está el jefe de la policía, caminando como uno más de ellos, vigilando que el orden permanezca inmutable. Lo que me demuestra que algunas cosas en el Perú aún funcionan bien, que no todos los engranajes estatales están averiados.

Cruzo por la calle del batán a esa hora ruidosa. Vendedores de panteones, de uvas, de vinos baratos que huelen a perfume, anticuchos y papas rellenas, vendedores de fundas para celulares, de muñecos de peluche, de juguetes chinos, de cd´s piratas con los últimos éxitos de música bailable… Un vendedor rezagado y confundido, aún ofrece los discos con los últimos villancicos de Luis Miguel, pero nadie se acerca a él, talvez porque es un despistado y no se ha dado cuenta que la navidad ya pasó y que se acerca el año nuevo, o quizás porque Luis Miguel canta muy feo, de cualquier manera, vender el disco navideño de Luis Miguel a tres soles en víspera de año nuevo es un mal negocio.

Es tedioso caminar entre tanta gente, entre tantos gritos insospechados. Los ambulantes han empezado a celebrar el año nuevo a esa hora; en sus manos las latas de cerveza se convierten en ligeros desperdicios de aluminio. Las prostitutas han asomado su entumecimiento por esas esquinas. Hace buen tiempo que hicieron de las calles del Batán y Apurimac su zona roja, zona liberada, zona tomada. La gente camina despreocupada y las ignora, algunas calientan la noche fumándose un cigarro que huele a hierba seca más que a tabaco. De un chifa cercano llega el aroma de un arroz chaufa mientras un chino legítimo cocina menjunjes agridulces cerca de la puerta de su local.

Las luces de bengala me recuerdan a una tragedia imborrable en la memoria de cualquier peruano, el ruido de unos cohetes me incomoda y al igual que los perros callejeros me asusto y quiero esconderme bajo cualquier lugar, con ese pánico inenarrable que tengo en octubre cuando en la procesión del Señor de los Milagros escucho los estruendos de aquellas bombardas detestables y peligrosas.

La noche sigue avanzando y empiezo a creer que ninguna cábala va a cambiar lo que está establecido por un orden superior. Empiezo a creer que el mundo no va cambiar por una trusa amarilla ni unas flores de ruda, ni por las velas multicolores que no son más que un poco de cera que arderá de cualquier manera. Camino hacia la plaza desubicado, mientras la llovizna me hace recordar que muchas ausencias me aguardan al llegar a casa. Mis amigos los azulejos, el amor que está distante esta noche y a quién no podré más que llamar por teléfono si telefónica esta vez funciona, por que en este país lo único que funciona a la perfección son las excusas como decir por ejemplo: No hay servicio por que la línea está congestionada, o no hay red. Este año será mejor porque así lo quiero, este año continuaré con las cosas buenas que se han dado el año anterior… Con menos errores, este año la columna tendrá menos errores, este año el Suplemento Cultural será mejor… Este año…
Un niño a la distancia toca en su violín una vieja melodía que me hace llorar. “Corazón de niño” de Raúl Di Blasio. Desde lejos llegan los chillidos de unas aves asustadas por el ruido de la noche iluminada.

Balcon Interior

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