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viernes, octubre 27, 2006

Manolo Otero, El Cantante Olvidadizo




Era el 13 de febrero del año pasado, cuando el español Manolo Otero se presentaba en un conocido local Cajamarquino, camino a Baños del Inca. El costo de las entradas era abultado, pero bien valía la pena pagar para ver y oír a tan reconocida estrella del habla hispana. Al llegar al lugar, una larga cola anunciaba que sería un éxito aquella presentación que anticipaba el día del amor, el día de San Valentín.

Otras estrellas internacionales ya nos habían visitado antes, Leo Dan, Manolo Galván, Los Kjarkas, Basilio, Los Iracundos, Los Ángeles negros. Pero todos en las postrimerías y declive de sus providenciales carreras. A diferencia de los anteriores, era la primera vez que Manolo Otero llegaba a Cajamarca. Los días previos se anunciaba a través de todos los medios la presencia del ídolo español.


Yo que fui criado entre la música de Manolo Otero y Julio Iglesias, por esos gustos paternos que el destino nos ha reservado antes de nacer, estaba entusiasmado con la idea de aquel día. Y el día llegó. Así que llamé a Karím, una amiga a quien amaba con locura en aquellos días. Cuando la invité al concierto tuve un primer desencanto. ¿Quién es Manolo Otero? Me dijo desorientada. Le expliqué la brillante carrera del español que hizo cola junto a Julio Iglesias cuando se presentaron juntos a tentar suerte en Benidorm, su carrera cinematográfica, su grave voz… Luego de mi convencimiento aceptó y fuimos a ese concierto.

Al llegar, largas hileras de blancas sillas aguardaban a sus ocupantes y un escenario bien montado en la parte anterior indicaba que se trataría de uno de los mejores conciertos de nuestra ciudad. Tres hermosas coristas aparecieron en el escenario con largos vestidos azules y voces angelicales. Luego un grupo de músicos de notables acordes y finalmente él, la estrella. La gente aplaudía enloquecida, las señoras de prudencial edad agitaban su fatiga al verlo y las chiquillas le gritaban frases de amor despercudidas de toda vergüenza. El español, bastante conservado y apuesto para ser un sesentón empezó el concierto con un himno al amor: “Vuelvo a ti”. Pero luego de unos versos titubeó, murmuró e inventó. Y así pasó a otra canción. Se notaba que no había cantado en años, pues había olvidado las letras de aquellos clásicos que lo lanzaron a la fama mundial. La voz era perfecta, la misma de aquellos Lp´s de vinilo que mi padre limpiaba con un líquido de egregio aroma.

Otero se pasó el concierto entero cantando y olvidando, recordando e inventando, ninguna letra coincidía con las que me había aprendido a fuerza de escucharlo a diario en varios años. Pero igual la gente lo aplaudía y le gritaba frases alentadoras en medio de ese bullicio. Karím miraba emocionada a Manolo, es un hombre apuesto, me decía ensimismada. Yo miraba con ira a Manolo por robarme la atención de karím, por las letras que tantos años guardé en mi memoria y que él había olvidado. Porque no tuvo la delicadeza de repasar sus letras antes del concierto, por arruinarme esa víspera de San Valentín con ese canto desencantado, por hacerme descubrir que los ídolos son mejores cuando están distantes, porque de cerca son humanos, de carne y hueso y tan vulnerables como nuestra propia vida.

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