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lunes, octubre 09, 2006

El maestro Santiago Aguilar


Atravesamos la plaza y entramos a un céntrico restaurante de la ciudad. Mesa número treinta y ocho. Debe tener unos sesenta y cinco años. Su mirada es penetrante y tiene ese aire intelectual que se siente cuando un gran maestro está frente uno. Su impecable terno azul es un traje a la medida como a la medida es esa mirada para esos ojos profundos y a veces ausentes. Introduce su mano en el interior del bolsillo de la camisa y saca una cajetilla de cigarros. Me ofrece uno Y acepto. Son los cigarros que suele fumar cotidianamente, mentolados.

Un mozo se acerca con una carta y se la extiende, sus labios pronuncian un café y el silencio se quiebra. Pido un café también. El pide un cenicero y se queda en silencio mientras su mirada se pierde en el tiempo, atravesando ríos de horas vividas y elegidas por su instinto de poeta. Me habla de Francia y España, de sus conferencias vallejianas por el mundo. Oírlo hablar es una catarata de sabiduría y de misterios, a ratos se ríe profundamente como evocando una historia felizmente vivida.

Y ahí nace el sueño. Le hablo de Oscar Imaña, mi paisano, el que fue compañero de Vallejo y Víctor Raúl, de Spelucín y de Orrego. Le digo que tengo la llave en donde habita toda la poesía de Oscar. Sus ojos se iluminan, brillan como dos estrellas fugaces dispuestas a hundirse en la oscuridad del universo. No puede creerlo y me pide que le repita ese sueño que es una verdad telúrica. Le vuelvo a repetir, esta vez con calma. Mira a ambos lados como sugiriendo un cauto silencio, parece que ha encontrado el mapa de un tesoro y eso lo emociona.

Y empezamos a proyectarnos en líneas paralelas mientras se abaten los cigarros y el café humea cada vez menos tibio. Sus ojos vuelven a brillar y su alma es un haz entre todas esas gentes que lo contemplan desde lejos al pasar. Hacemos planes y viajamos en barcos de papel a ciudades distantes en pos de nuestro tesoro. Hablamos del mañana que quién sabe si ha de llegar. Pero somos dos niños grandes jugando en la mesa de un café, jugando a buscar tesoros y a encontrar mapas extraviados en el tiempo.

Me dice que tuvo una esposa que se llevó a su hija. Le explico que hace tres años me pasa lo mismo. Me habla de Dios y del tiempo. Que ya habrá una mujer tatuada en la piel del alma mañana, que no habrá tristezas y que un día los hijos vuelven como palomas al nido. Que la fuerza de la sangre no puede negarse. Su blanquecino bigote lo hace un tipo entrañable. Su café se termina a sorbos y vuelve a sonreír. Habla de Vallejo, de Imaña, de Gonzáles Vigil y de sus amigos los poetas. De la casualidad que tenía que encontrarnos para conversar esa mañana. De que Imaña había planificado ese encuentro siglos antes de nacer.

Los cafés se terminan y salimos a la agencia, presurosos. Un taxi nos conduce hasta la estación. Nos sentamos y empezamos a hablar de Manuel Ibáñez. Después de unos minutos nos damos cuenta que el pasaje no es en esa agencia, que esa fue la agencia de la vez anterior. Y salimos corriendo. En contra del tiempo. Por que en el fondo somos eso, dos niños grandes corriendo para ganarle al tiempo. Sin saber que el tiempo ya nos ha ganado antes del día de nacer.


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