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miércoles, octubre 11, 2006

Erika y mi mundo pequeñito.


Hace unos días un amigo me recomendó un blog en el Internet, uno de aquellos que están de moda y que los internautas aprovechan con brillantez. Se trataba del blog de una joven escritora, me interesó su temática, sus elocuentes renglones surgían sin espasmos y con fluidez. Luego de leer y de enterarme que hace poco publicó su último libro, me animé a escribirle un correo, cosa que no suelo hacer, pero me interesaba saber más de una escritora brillante que habitaba en la misma ciudad en donde yo vivía. A los dos días obtuve una respuesta que me sorprendió, empezaba así: Hola Jaime. “Detrás de la puerta del cuarto de baño al que acudo cada mañana, se lee "las moscas han entrado del jardín..."

Mi desconcierto fue absoluto, los versos citados eran míos, pero pertenecían a un poemario muy personal que solo tres personas en la vida habían leído. No sabía si llorar de alegría por haber recibido su respuesta o si llorar de tristeza porque alguien había puesto un poema mío tras la puerta de su baño; el poema en cuestión era entrañable para mí pues lo escribí para mi hijo. Además el hecho de pegar un poema tras la puerta de un baño me parecía poco inteligente, nadie que entra a un baño, apurado, se detiene a leer un poema de dudosa calidad. En todo caso lo hubiera pegado delante de la puerta, así la persona que esperaba no se aburría y de paso leía un poema, que aunque malo, hasta podría parecer bueno ya que no existe el factor del apuro de aquel que ha entrado a un baño con apremio.

Peor aún, ¿cómo había llegado el poema hasta ella? ¿Si éste era inédito y mis tres amigas quienes leyeron el poemario juraron discreción absoluta? Estaba aturdido y confundido, sin querer era el protagonista de un caso de misterio. Mil ideas entonces flotaban en mi mente, desde la infidencia de mis amigas hasta una fuga de información de mi computadora personal.

Respondí su correo de manera formal, pero no me atreví a preguntarle por qué diablos puso mi poema tras la puerta de su baño. ¿Acaso tenía un significado colocar un poema tras la puerta de un baño? ¿Me había alabado o me había repudiado? A medida que buscaba una respuesta mi mente se turbaba más y más. Y mi vergüenza me impedía preguntarle si lo de mi poema en el baño era un halago o un eufemismo. Solo una pista tenía, en el mail me decía que era amiga de mi hermana, quien no había leído mi poema ni en el más remoto de los casos dado el carácter de secreto que éste tenía.

Al día siguiente me encontré con mi hermana, a quién no veía hacían varios días. Le pregunté sobre Erika, le comenté lo bien que escribía y que había entablado una amistad con ella por el Internet. Su respuesta fue la llave que descifró el enigma e hizo trizas mi angustia. Erika vive en la casa de papá, me dijo, en el departamento que tú dejaste. Como un acto de magia se disolvieron mis miedos y mis infundados temores sobre mi calidad poética. Y empecé a reír.

Tiempo atrás, cuando yo habitaba ese departamento, había pegado tras la puerta de mi baño, que ahora era de Erika, un poema impreso sobre una hoja blanca y pegado en una cartulina negra. Era mi desfachatez la que había juzgado con premura. Entonces me di cuenta que aquella persona que hace unos días no sabía que existía, ahora habitaba el espacio vacío que había dejado, que también, como yo, escribía y que el mundo aunque parece grande es siempre pequeño, pequeñito.

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