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miércoles, junio 27, 2007

Crónica de un divorcio anunciado… (Fragmento)





María se levanta después de las ocho, vive en una ciudad distinta a la que nació, vive huyendo de nada. María tiene un hijo de ocho años, un hijo delgado y alto, bastante alto para su edad, usa anteojos igual que su padre y el perfil de su cabeza es idéntico a la del hombre que ella ahora detesta y que hace unos años abandonó. La risa de su hijo le hace evocar momentos lejanos que ella ha preferido desterrar para siempre. Sin embargo no puede evitar el recordarlo cuando observa el lunar que su hijo tiene junto al ombligo, en el mismo lugar donde lo tenía el padre de Javier, que a sus ocho años no sabe por qué lo alejaron de su padre.

A veces cuando lo acaricia descubre esa fisura que tiene en la oreja derecha, la misma que sentía cuando acariciaba al hombre que dejó de amar hace tiempo. Y aunque quiere evitarlo el niño siempre termina haciéndole recordar a ese hombre, a veces una sonrisa, un gesto, un berrinche o esa mirada de tristeza que suele poner cuando ella por cualquier cosa le grita.

Ha descubierto que tiene las mismas manías que su padre, manías como leer en el baño o llorar a solas y luego lavarse la cara. Guardar toda clase de cachivaches en los bolsillos y no desprenderse de ellos por haberles tomado cierto afecto.

Ella busca en sus amantes, mujeres gordas y feas, llenar ese vacío que nunca habrá de llenarse. Bety, una de sus amantes le parece cariñosa, la acompaña a ir de compras y a lavar la ropa. Sonia, una amante eventual que la visita muy de cuando en cuando porque vive en otra ciudad, le parece cada vez menos atractiva porque pretende manipularla y cuando un día María intentó romper la relación, Sonia pretendió chantajearla, desde entonces germinó en ella un rencor subrepticio.

Cuando se mira en el espejo descubre que sus pecas han empezado ha desdibujarse dándole a su rostro un tono oscuro que la crema lechuga no ha podido contener, en los apéndices de sus ojos se han acentuado unas patas de gallo como claro síntoma del tiempo que ha pasado, 36 años no pasan en vano.

María tiene cinco hermanos, todos casados por más de dos veces cada uno, todos con hijos de distintos apellidos. Los traumas de su adolescencia la persiguen como un recuerdo crucificado que ella quiere evitar. Tiene un cuñado comerciante que la ultrajó cuando ella tenía quince años. Ella calló por mucho tiempo y cuando decidió gritar su verdad su familia la hizo callar nuevamente por temor al escándalo, además de que su hermana ya tenía varios hijos y no cabía la posibilidad de una separación bajo ningún argumento. Otros recuerdos infaustos de su niñez la persiguen como un enjambre de angustias que ella prefiere olvidar mientras se peina frente al espejo ovalado de su tocador, mientras observa sus pecas difusas con un colet entre los labios.

Javier, su hijo, a veces le pregunta por su padre, ella le dice que era un hombre malo y que los abandonó. Los recuerdos indefinidos de Javier le dicen otra cosa que aún no puede entender. Javier no sabe que su padre lo busca diariamente, no entiende por qué el próximo día del padre su corazón de nuevo se va contraer, como le ha venido sucediendo hace cuatro años, tiempo en el que ha empezado a desdibujar el rostro del hombre que lo llevaba de la mano al jardín y lo cargaba en sus hombros.

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