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martes, abril 24, 2012

139 años del nacimiento de Don Augusto Gil G. Velásquez



Una de las personalidades más representativas de la provincia de Celendín ha sido homenajeada ayer en esa provincia, se trata de don Augusto Gil G. Velásquez. Hombre que hizo que la fama de la tierra celendina se traslade a muchos rincones del mundo al conseguir poner de moda el sombrero celendino en Europa gracias a un regalo que hizo entrega de manera personal al rey Jorge VI de Inglaterra.

Fue un hombre sufrido, de raíces pobres, pero que gracias a una vida de sacrificios y de buenas negociaciones consiguió ser uno de los hombres más acaudalados de la provincia. Comercializó con éxito maquinas de coser que traía de Alemania, las que tenían su propio nombre como una marca personal; otras máquinas y artefactos también fueron exportadas por su visión empresarial, aquella que nunca desligó de su profundo lado humano. Por ello antes de morir, había dejado la mayoría de sus bienes en distintos legados a instituciones para mejorar y lograr el desarrollo de la provincia y de la ciudad que tanto amó. Se dice que tuvo propiedades entre las que destacaban las haciendas de San Isidro, Yajén y Guayobamba en Chota, además de numerosos solares en Llanguat, terrenos en Celendín y cuantiosos bienes comerciales, sin contar el terreno que donó en el distrito de Baños del Inca para la construcción de su cementerio.

Antes de morir desheredó a sus descendientes directos, hizo muchas donaciones para la construcción de locales públicos en Celendín, locales que hoy lo recuerdan con algunas placas y muchas historias, un colegio, terrenos para un hospital, la Beneficencia Pública… Un hombre que no fue ambicioso y de los que hoy ya no existen por los afanes de la vida y la rapidez con la que se la vive; por el materialismo enquistado en todas las esferas.

Una plazuela en Celendín lleva el nombre de tan ilustre personaje, una placa en la Beneficencia Pública junto a los cuadros de sus padres – aquellos que pintara el ilustre Juan Villanueva (Bagate) se lucen al ingreso de esa casona colonial con un aire lúgubre y solemne, cuadros de incontable valor que son una especie de retratos vivos que dan la bienvenida al visitante, probablemente los cuadros de Bagate más grandes y que no se encuentran formando parte de colección alguna- un barrio y muchos lugares donde se habla de él. Un frío monumento que se entume con los días.
Celendín tuvo y tiene mucha gente buena y noble, testimonio de ello son los literatos que trascendieron dejando una estela de orgullo a Cajamarca y al Perú como lo ha hecho Garrido Malaver, Alfredo Pita, Manuel Pereyra, Jorge Díaz Herrera, Alfredo Rocha, Nazario Chavez, Tito Zegarra, Gutemberg Aliaga, Manuel Rabanal, Julio Villanueva, José Marín… La lista es interminable – y esta columna ya se acaba-

Eran otros tiempos y otras las expectativas de la gente de entonces. Hoy las perspectivas de la provincia han cambiado, la ciudad más delineada de la región Cajamarca ha empezado a desdibujarse por el surgimiento inevitable de construcciones modernas, de nuevas aflicciones y de incontables problemas; sin embargo era preciso recordar la trayectoria de tan importante personaje, aquel que sembró, cultivó y cosechó y que murió lejos de su pueblo cuando atravesaba el fragor que significa ser un octogenario que ha perdió parte de la vista.

La memoria de Augusto Gil G. Velásquez permanece intacta en las generaciones nuevas que lo evocan como un ejemplo perdurable y que ven en él la representación viva y sincera del alma de los celendinos, de aquellos habitantes que más de una vez apuntaron sus nombres con letras de oro en las añejas páginas de la historia.

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