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martes, agosto 26, 2008

La bata japonesa



La bata japonesa es una historia de Julio Ramón Ribeyro, un escrito breve pero profundo, quizás Ribeyro fue y es el más grande de los escritores breves de América, más grande que Borges, Quiroga, Zavaleta, Rulfo y otros tantos de esa estirpe de narradores americanos.

“Alida me trajo del Japón una linda bata de seda natural, un kimono, de amplio vuelo y anchas mangas. En la primera oportunidad que estuve libre en casa me la puse y allí empezó el desastre. No había perilla de puerta o esquina de mesita donde no me quedara enganchado. Cada vez que me lavaba las manos el agua me entraba por las mangas.

El gato se dedicó a perseguirme y lanzar zarpazos a la flotante vestidura, creyendo que le estaba proponiendo un juego. Como estaba solo tuve que hacer la vajilla y cocinar y en consecuencia me salpiqué todo de detergente y en el momento de freír mi bistec estuve a punto de arder como una antorcha. Comprendí que la indumentaria, la vestimenta, es fruto y está adaptada a un modo de vida y una función. La bata japonesa era lo menos apropiado para un departamento parisién, que son muy pequeños y están atiborrados de muebles y objetos puntiagudos.

La bata japonesa es solo cómoda y funcional en una casa japonesa, que está dotada de habitaciones que sin ser grandes son austeras, donde no hay casi muebles. Ni puertas, ni perillas, ni puntas. Aparte de ellos la bata japonesa no va con quien tiene que hacerse todo en casa, sino con quien lleva una vida contemplativa, ocupado en el ocio, la meditación, la conversación, servido por diligentes mujeres y no para quien vive en una sociedad donde la mujer emancipada ha forzado al hombre a compartir los trabajos domésticos más arduos.

En suma, archivé la bata japonesa en el ropero y me puse mi vieja, desteñida y personalísima bata de paño. Muchos escritores cometen el mismo error. Atraídos por el exotismo, la moda, el lustre, dejan de lado su indumentaria natural y se revisten de la bata japonesa. Arruinan la bata, todo les sale mal, quedan disfrazados”.

Ahora que en Cajamarca se tejen dimes y diretes entre medios e instituciones. Ahora que hacemos una victimización sadomasoquista cotidiana, donde ser víctima es un ejemplo de felicidad y publicidad y donde ser victimario es otro feo ejemplo de publicidad y todos marchan en nombre de la libertad de expresión y también de difamación y de exabruptos que nadie reconoce. Ahora que no hay tolerancia a la libertad de opinión.

Ahora que gran parte de los medios se ponen una bata japonesa, difícil de usar aunque bonita, incómoda pero elegante, sería bueno reflexionar sobre el camino de la noticia. Los medios de prensa no somos jueces, solo somos entes informativos que no podemos condenar, mucho menos sentenciar. Habría que reflexionar si en verdad somos víctimas, o hacemos víctima a un pueblo deseosos de informarse y aprender. ¿Damos cultura? ¿Damos ejemplo? ¿Qué le dan los medios de comunicación a los pobladores de Cajamarca?

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