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jueves, junio 10, 2010

Chessman


Hoy es jueves 10 de junio. Ayer he tenido la necesidad de reconciliarme conmigo mismo, con mi padre, con las personas que he dejado de sentirlas cerca últimamente o con aquellas que he discutido por cualquier cosa (Lucecita sabe a que me refiero).

Ayer fui a ver a mi padre y lo encontré en la casa, esa que dejé de habitar tantas veces y en la que no vivo más, esa de la pérgola, la piedra de molino y la soledad impostergable espiando tras las cortinas que dan a los jardines exteriores.

Hemos ido a la casa en el  campo a hablar de nosotros mismos, a hacernos saber que los días no vuelven y que es vano perder el tiempo en discusiones. Ayer mientras los bichos se apoderaban de nuestra piel y succionaban nuestra sangre como sanguijuelas malvadas.

Decidimos ir a ver a Oswaldo, mi tío y hermano de mi padre, a ver su agonía en una cama y a darnos de golpe con la pena. Llegamos a la casa en donde se encuentra tendido sobre una cama junto a un balón de oxígeno que le provee de vida y que le espanta a la muerte. El cubrecama tiene flores azules y marrones, varias almohadas levantan su cabeza y una ventana abierta deja entrar la luz a esa hora de la tarde.

Oswaldo agoniza, su cuerpo está herido – estoy seguro que no tanto como su alma – pero él resiste con los ojos cerrados, no sabemos si puede oírnos, solo sabemos que nosotros sí podemos oírlo, nosotros podemos mirarlo y decirle que lo amamos, lo hacemos interiormente, desde nosotros, un susurro insospechado e invisible que nos conecta como ese tubo que le da oxígeno.

La última vez que hablé con él lo encontré en la calle, a una cuadra de mi casa, o de la casa en donde yo habito. Él llevaba un sombrero de fieltro color marrón, lo que acentuaba su aire de poeta, el sombrero le protegía la operación del cáncer a la piel que hoy lo ha vencido y con el que lucha y luchó los últimos meses. Su mirada entonces ya no era la misma, había un dolor infinito en ella que gritaba desde esos ojos pardos profundos.

Él ha decidido luchar, aunque los suyos prefieran que se rinda –Homo hominus lupus- él ha decidido luchar del mismo modo que hace trece años lo hizo mi abuela, su madre, hasta que las huestes del cáncer metidas en su piel le ganaron la última batalla. Ellos decidieron luchar como yo no lo haría, como yo no lo haré, como yo no podré un día.

Las lágrimas cuando son verdaderas tienen una esencia diferente. La habitación está llena de ellas y ninguna es verdadera. La cama fría de metal, el piso tibio de parquet, las lágrimas vacías y la vida en agonía.

Salimos despidiéndonos de todos, no sé si volveremos a vernos Oswaldo revolucionario, Oswaldo poeta, adiós "Chessman" - Caryl Chessman, el genio que logró escapar de la muerte varias veces por su inteligencia y personalidad – tú que lograste reírte de la muerte tantas  veces cuando tus huesos se quebraron, cuanto te despediste del alcohol en el 90 para siempre. – Cosa que tampoco he podio y que no sé si podré - Tu nombre me queda como legado como mi segundo y una flor marchita en mi corazón que sembraré en un poema junto a tu eternidad.

Salimos con papá hasta el auto y subimos en silencio, mudos, con las gargantas atravesadas por esos nudos que hacen las corbatas de tristeza cuando sabemos que hay cosas inevitables en la vida, cuando sabemos que hay cosas inevitables como la muerte.

Salimos y las luces de las calles anunciaban la nocturnidad de un día menos y nos perdimos por la ciudad iluminada inmensamente mudos, callados, con el alma dolida sin decir nada, nada…







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