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miércoles, diciembre 17, 2008

La polilla en la dulcería



Lucía es una amiga que escribe versos en las hojas que caen a sus manos, que le gusta soñar y que suele escribirse con Vargas Llosa cuando puede. Lucía tiene dos hijas que son también mis amigas pese a que solo tienen cinco años.
Salimos a comer unos postres, en un lugar cálido y bonito, llegamos hasta una de sus mesitas y de inmediato se acerca un mozo a nuestra mesa, traje pulcro, camisa blanca, pantalón negro, corbata de mariposa. Pedimos arroz con leche los cuatro, el mozo anota el pedido y se marcha entre las mesas. Al cabo de unos minutos regresa con una fuente sobre la mano derecha, nos sirve los vasos con los exquisitos postres y se retira, cuando me dispongo a comer el primer bocado me percato que hay una polilla semimuerta sobre la leche y que además fue espolvoreada con canela.
Daniela, Selena y Lucía me miran apenadas, llamamos al mozo y le explicamos el problema, se desvive en disculpas y perdones y se marcha llevando el postre ofreciendo cambiarlo, al cabo de unos minutos regresa y con voz contrariada nos explica que ya no queda arroz con leche. Las niñas miran risueñas la escena. El mozo, que es un joven moreno y regordete, me extiende una carta para cambiar mi pedido. Le pido entonces no sin cierta resignación una charlota.
El mozo se retira con el pedido y no vuelve más, no sé si se olvidó del pedido o si simplemente su turno concluyó y desestimó la orden. Daniela y Selena me miran más risueñas a cada minuto, están casi por terminar sus postres y mi pedido aún no ha llegado.
Aparece entonces un mozo en escena, no es el que me atendió, pero me da lo mismo, le reitero el pedido y le ruego que se apure. El mozo se va prometiendo traerlo en el acto. Al cabo de dos minutos regresa con un misterioso vaso de arroz con leche, con mucha canela espolvoreada. Me causa risa. Le enrostro su burda mentira. Le explico lo sucedido anteriormente al detalle, redigo que ya no quedaban más leches, que solo había retirado la polilla y que no pensaba comerme ese postre con canela y polvo de polilla. El mozo se sabe descubierto, se sonroja pide disculpas mil veces, me extiende la carta, le pido una charlota ya angustiado.
Después de 10 minutos regresa sin la fuente, afligido, temeroso, desolado. – Perdón, se acabó la charlota- me dice casi cerrando los ojos. -Pero le puedo traer la especialidad de la casa, un suspiro a limeña- me anima, -Está bien le digo, sé que no es su culpa- al cabo de 20 minutos me un rato me trae una excusa porque el suspiro a la limeña, acaba de terminarse. Daniela y Selena me miran más risueñas que nunca, inquietas. Lucía trata de disimular sus ganas de reír mientras el mozo me deja una cuenta por cuatro leches con arroz, una charlota y un suspiro a la limeña que nunca he comido.
Y yo me quedo pensando, cuanto malestar puede causar una polilla, aún estando muerta.

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