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miércoles, diciembre 17, 2008

“Cash”



Se llamaba Castinaldo, pero le decían de cariño “Cash”, era un hombre que había trabajado de todo a lo largo de su vida, no le temió al tiempo ni a la soledad, trabajó en las minas de Hualgayoc donde hizo su vida como un hombre al que la gente amaba y respetaba.
Un día, cuando la mina se acabó, como se acaba todo, Castinaldo emigró a otra ciudad, dejó su infancia sobre las calles empedradas de Hualgayoc, sobre las tardes que alguna vez habitó cuando se enamoró y construyó una familia entre la inmensidad de su historia y el olor a silicosis que Hualgayoc siempre tuvo -Que ahora tiene más que nunca y que además huele a cianuro, a almendra, a muerte- Cuando la mina acabó y despidió a sus obreros él inmigró con esa mirada traslúcida verdosa que le imponía el grueso cristal de su mirada con sus lentes de carey.
La vida es un préstamo que tarde o temprano se exige devolvamos, la vida es como ese libro que aunque lo tenemos años con nosotros no nos pertenece, la vida es como un hijo que tarde o temprano abrirá las alas y volará dejándonos en soledad. Y Cash lo descubrió una mañana cuando un diagnóstico le anunciaba días tristes.
Hay momentos en que con llorar no se gana nada, hay momentos en que se hace difícil respirar el hosco ambiente de los días que vendrán, más cuando se sabe que cuando lleguen no van a encontrarnos como antes o solo van a encontrar nuestro recuerdo. Por eso él instaló un kiosco y vivió los últimos años leyendo diarios con tragedias impresas, con noticias de tierras distantes, con noticias que llamaban su atención, si hubo un lector empedernido fue él, si hubo un lector enamorado de las tardes de lluvia bajo el techo de su kiosco fue “El Cash”.
Los domingos yo compraba algunos diarios de su puesto, quedaba a dos cuadras de mi casa y siempre él sugería el diario de más interés, varias veces lo encontré leyendo concentrado, ensimismado, en otro mundo y devorándose los libros de colección que algunos diarios capitalinos suelen adjuntar algunas veces.
Cash estuvo en la presentación del libro “El Maestro Quispe” de un paisano y amigo nuestro, nunca vi a un hombre tan feliz como a él aquella noche en el INC. Tarareó canciones, se rió y evocó su niñez hasta las lágrimas. Esa noche fue feliz.
Meses después lo encontré un día, me pidió un espacio para publicar algo que había escrito, quedamos en ello pero el día esperado nunca llegó ni tampoco su escrito, hasta que una mañana descubrí su nombre en la defunción de un diario, de uno de esos que él vendía y leía con pasión.
El escrito pendiente nunca se publicó, la vida es breve y el río de los días llega una mañana con la muerte, sin avisarnos, sin anunciarse y nos lleva con él. “Cash” nunca verá su escrito publicado en un diario, como él hubiera querido y pienso que es mi culpa.
…La soledad de un kiosco abandonado me dice que un amigo se ha ido para siempre, el frío de este diciembre duele más que los de otros meses y los diarios anuncian nuevas tragedias. El Cash se ha ido para siempre.

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