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viernes, mayo 11, 2007

Éli




Éli en su último cumpleaños empezó a reservarse la edad con una sonrisa que dibujaba un poco de su tristeza.

En sus años juveniles fue secretaria de una parroquia y de un municipio, allá en el pueblo donde ella habitaba era juez de paz, su padre había muerto y Éli, su madre y sus ocho hermanos tuvieron que emigrar como una blanca bandada de palomas a otro pueblo. Fue ahí donde conoció al hombre del que se enamoró, al hombre que entregó su vida y con el cual sus sueños se materializaron en tres hijos, uno de ellos una mañana partió a otra dimensión y ella lo enterró entre llanto y silencios porque sabía que la vida era una cortina que a veces daba luz y otras tantas veces daba sombras negras.

Éli tuvo que seguir emigrando con sus hijos y su vida y habitó en edificios desconocidos y contemplaba desde el octavo piso de un edificio distante su ayer y su mañana. A veces renegaba a solas y se sentía prisionera entre tantos rostros incógnitos y miradas frías.

Ella nunca temió a la vida, solía dibujar los regresos con sus manos blancas al caer la tarde. Acostumbraba a tejer enormes sueños con la punta de un crochet al que su vida había aprendido a dominar. Después en tardes de ausencia enseñaba a tejer a un grupo de madres que admiraban su destreza como a un sueño lejano. Ahora teje sentada frente a un monitor de computadora, porque aprendió a usar el Internet con inusual maestría, más si consideramos que pasó ya los cincuenta años. Ahora lee los blogs de tejidos con una sorprendente capacidad para navegar en ese mar de información, se ha convertido en la capitana de un barco silencioso que navega en ese cyber espacio donde muchos han naufragado.

Y sigue leyendo un libro en una noche, cuando el libro lo amerita, y llamándome a confirmarme un execrable error de redacción. Y es quien recoge el periódico debajo de la puerta todas las mañanas cuando está por amanecer y quien me critica con ternura los infames errores de cada día. Después alimenta a un grupo de gorriones que en silencioso acuerdo pactaron recibir alimento cada mañana a cambio de que ella los pueda ver desayunar, luego los gorriones se marchan y regresan al día siguiente.

Éli vive en una casa donde existe un patio azul, ha pensado en llevar hasta la fuente peces de colores para que habiten en ella. Se pone triste a veces porque tiene un nieto al que no ve hace cuatro años, ni sabe de él. Ella es mi confidente, la verdad pendiente en medio de mi soledad. Sueña con un mundo mejor y con la paz que ella repartía cuando con una vieja máquina marca Underwood era juez de paz. Ella sabe de paz y de justicia.
Éli tiene casi sesenta años y no ha perdido esa jovialidad que le dio la vida, se devoró el último libro que compré en sólo una noche, el mismo tiempo que se tardó en leer aquel libro que yo debía comentar. Yo demoré tres días.

Éli ha resucitado en mi vida las ganas de vivir que alguna vez extravié, las horas amargas se hicieron dulces con su voz. Su risa rebotando por la casa es un pan que alimenta la tranquilidad de mis días, el brillo de sus ojos la mejor alegría.

Había la necesidad urgente de que sepas que no te olvido aunque a veces así lo parezca por el apuro cotidiano que nos abate cuando empezamos a envejecer, que aunque a veces no lo diga y que pareciere no ser así, eres lo más importante y te quiero tanto como la primera tarde que me trajiste al mundo y me viste llorar por primera vez. Había la urgente necesidad de decir te quiero mamá, aunque como siempre parezca que lo olvido.

Balcon Interior

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