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jueves, agosto 09, 2007

De ruidos y silencios y de cómo un pueblo lo perdió todo por culpa de un cohete




Una de las herencias más lamentables que nos dejó el proceso brutal de la transculturización durante la conquista fue el afán celebratorio y conmemorativo de onomásticos, fiestas y todo tipo de pretextos para urdir un ambiente festivo que en vez de pasar desapercibido siempre debe ser algo rimbombante y memorable, según la tradición que malamente hemos heredado de nuestros conquistadores.

Nuestra ciudad, de manera muy particular, es probablemente una de las ciudades más festivas no solo del Perú, sino también del mundo. Cada noche, los 365 días del año de forma ininterrumpida se escuchan las explosiones telúricas e incómodas de los cohetes. Esos artefactos que más que festivos son bélicos, además de peligrosos, vanos y frívolos. Cada uno de estos instrumentos explosivos confeccionados con pólvora y carrizo tiene un costo que oscila entre uno y dos nuevos soles.

Cada estruendo que oímos equivale a diez panes volando por el cielo cajamarquino, y los cohetes se lanzan por docenas, cada noche las explosiones consecutivas se han hecho ya parte del paisaje nocturno y a veces diurno de nuestra ciudad. Hemos aprendido equivocadamente que las fiestas se santifican reventando cohetes, si una autoridad gana y es elegida por el pueblo se revientan cohetes, si la Virgen de los Dolores o EL Señor de los Milagros salen en procesión se revientan cohetes, si alguien cumple años… le revientan cohetes. El estruendo que se genera es deplorable y lo que es peor, el incendiario de esos peligrosos artefactos es siempre un ebrio con pulso lamentable quien encabeza la comitiva.

Cada año se producen cientos de accidentes a causa de los cohetes. Varias mutilaciones se han producido, daños irreversibles en tímpanos y quemaduras graves. Sin considerar el daño psicológico que se causa a las mascotas, quienes tienen un terror inmensurable a ese tipo de ruidos siniestros.

En la década el cincuenta Hualgayoc celebraba su fiesta patronal, era un pueblo minero con 180 años de Historia cuando un despistado lanzó un cohete fallidamente, el cohete cayó en el techo de paja de una de las céntricas casas del poblado que en aquel entonces era Capital de la Provincia del mismo nombre. Las casas tenían los techos de paja y estaban construidas con adobe y madera, en segundos el pavoroso incendio se extendió rápidamente reduciendo al pueblo a cenizas. Al cabo de unas horas solo una masa humeante quedó en el lugar, cientos de personas lo perdieron todo y quedaron a la intemperie. Hualgayoc perdió la capitanía de la provincia, la misma que fue trasladada a Bambamarca y con ella truncó su futuro para siempre. Todo por culpa de un cohete.

A los cohetes podemos agregarle otros gastos deplorablemente inútiles como los fuegos artificiales en los llamados “castillos” el despilfarro de dinero que se hace en ellos es fastuoso. Miles de soles se hacen literalmente “humo y cenizas” Si a eso le sumamos las corridas de toros descubriremos que las fiestas de un pueblo y las conmemoraciones religiosas en tiempos de austeridad tienen de todo menos de austero o del verdadero significado religioso que es el compartir.

Un niño pobre preferiría un sol de pan en su mesa saciando su hambre cotidiano, a tener que oír el eco lejano de un cohete que se quema y que no le dice nada o que solo le anuncia olvido y abandono.

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